Primavera, hoy, y Jueves Santo. Esta noche luce una luna casi llena. El plenilunio coincidía este año con el martes. Pero, con esta inestable estación, muchos fueron, y son, los días grises, las tardes lluviosas y los aguaceros, intermitentes o no, que sorprenden a tantas madrugadas de pasión. Me viene a la memoria, una de hace años, ya irrepetible, en la que al olor de la primavera se unía todavía, entonces también, el de algunos hornos de pan. Ese olor, ya casi perdido, que alimentaba el aire de la mañana. Y que constituía un elemento más de tan especial madrugada.
Un olor a pan nuevo ha inundado la calle, que reconforta el cuerpo y entibia un poco el aire. Desde las chimeneas, el humo se condensa y, a fundirse entre nubes, se alza en columna recta. Apaciguando el cielo, el calor sube espeso. Se va abriendo camino, en la humedad de un soplo con olor a alimento. Madrugada en silencio. Despiertan el respeto tan solo los murmullos de las almas insomnes, y de los soñolientos. Y los pasos devotos, de hombres y mujeres, parecen esperar una señal, un gesto. Es solo su reflejo el que se va alargando mientras los pies arrastran en el mojado espejo. A lo lejos, los cirios parecen derretirse en llamitas pequeñas, que, el final de la calle, inundan de misterio. Es primavera ya, pero la noche es fría. Ya ha crecido la luna. Ya se ha hecho redonda la luz del firmamento. Y alumbrando el fervor, con llovizna argentada, alumbra el recorrido. Decorado perfecto. Viernes y madrugá. Ronda la devoción, la costumbre y el rito. Y la noche no duerme. Sombras y “madrugá”. Ya el día está en camino. Callejea la piedad. Y la noche, no acaba. (2013)






