
Aunque hoy es abril, y es primavera, el día ha amanecido extrañamente envuelto en una capa de niebla. En el otro extremo del mundo, gracias a un eclipse, se ha podido ver la luna teñida de rojo. Quizá, aquí, privados de tal espectáculo, la mañana se veló.
Avanzada ya la hora, un leve tul cubría aún la calle y el paisaje. Y he recordado otra mañana, esa sí envuelta en una niebla espesa, que tuvimos ocasión de ver disipar, asombrosamente, bajo un frío de enero. Aquél día, mientras el sol luchaba por imponerse y conseguía ir desvaneciendo la espesura del aire, la tierra se calentaba también bajo nuestros pies, disolviendo y licuando la dura y fría escarcha de la noche, ablandando el suelo, que recibía el esperado calor.
MAÑANA DE INVIERNO

La niebla se levanta de la tierra como si fuera polvo. Como nubes fundidas de oscuro y fino grano, desde un suelo húmedo, duro, y aún frío, de escarcha. La niebla se levanta de la tierra como un bostezo. Como el aliento del terreno que se despereza, se alza como un visillo que se lleva las sombras. La niebla se levanta de la tierra, y, mientras se va borrando, descubre a un tímido sol que una barrera de nubes, cansada de la noche, ha destapado para calentarla. (Enero, 2013)




