
Hoy hemos amanecido con la muerte de Gabriel García Márquez (1927-2014), Premio Nobel de Literatura e iniciador del llamado “Realismo mágico”, que también podríamos llamar realidad fantástica o certeza imaginaria. Porque fue capaz de crear un mundo casi propio. Llegó a decir en alguna ocasión que escribía porque no sabía hacer otra cosa. Pero sí que supo, pues consiguió llegar a millones de lectores anónimos, desconocidos, llegar con sus libros, con sus ideas y, en muchos casos, con sus actos.
Convivió mucho tiempo con la muerte, se miraron a los ojos y se conocieron. Esta misma muerte que ahora, a los 87 años, ha decidido llevárselo definitivamente y él, acompañarla.
En 1947, un todavía jovencísimo Gabriel escribía en un libro titulado “Geografía Celeste” el poema “Elegía a Marisela”. Aquí, tal vez, este enfrentamiento con la muerte no era aún familiar, ni cercano. Y entonces la describía así:
Elegía a Marisela No ha muerto. Ha iniciado un viaje atardecido. de azul en azul claro —de cielo en cielo— ha ido por la senda del sueño con su arcángel de lino. A las tres de la tarde hallará a San Isidro con sus dos bueyes mansos arando en cielo límpido para sembrar luceros y estrellas en racimos. —Señor, ¿cuál es la senda para ir al Paraíso? —Sube por la Vía Láctea, ruta de leche y lirio, la menor de las Osas te enseñará el camino. Cuando sean las cuatro la Virgen con el Niño saldrán a ver los astros que en su infancia de siglos juegan la Rueda-Rueda en un bosque de trinos. Y a las seis de la tarde el ángel de servicio saldrá a colgar la luna de un clavo vespertino. Será tarde. Si acaso no te han guardado sitio dile a Gabriel Arcángel que te preste su nido que está en el más frondoso árbol del Paraíso. Murió la Marisela. pero aún queda un lirio
En estas líneas, he elegido este poema suyo de juventud para rendirle este pequeño recuerdo. Pues seguro que en esa “misma geografía celeste” debe ir camino de ese mundo que él mismo creó. Y Gabriel, Gabito, Gabo ya habita Macondo.

En esta otra geografía, menos celeste quizá y menos mágica, deja una chispa. Porque eso, una chispa, es la vida. Y su estela evanescente lo que dejamos.




