
Foto: El Independiente
Hace más o menos un mes me acerqué a una de mis librerías de confianza a encargar un libro. Como siempre, entre ojeada y ojeada, mi amiga María, mi librera, y yo, tenemos un rato de conversación, el que permita la clientela que pueda aparecer para atenderla, sobre libros fundamentalmente y la reacción que causan entre sus clientes lectores. Me tropecé, ante los libros mi vista siempre tiene objetivos fijos y parece que no se entretiene, no sé, es como una particularidad mía que también me ocurre con otras cosas que me gustan, como que la mirada se dirige al sitio preciso. Pues bien, como decía, mi vista se dirigió a uno en especial que llamó mi atención. Y me encontré con Baumgarther, lo cogí siquiera sin hojearlo o leer la sinopsis y le dije: Me lo llevo. Se lo voy a regalar a mi marido que cumple años dentro de unos días y le gusta mucho Paul Auster. Además, creo que no escribirá ya ninguno más, éste será el último seguramente. Tú crees o por qué, algo así, me preguntó María y le contesté que estaba mal. No lo sabía, me respondió.
Efectivamente yo conocía desde hace meses la dolencia del escritor, pero, como siempre, las noticias finales, en principio te cogen de sorpresa y así, como con cierta extrañeza, porque las cosas pasan de repente, me enteré por la prensa de que Paul Auster había fallecido ese mismo día, 30 de abril a los 77 años en Nueva York.
Conocí, mejor dicho, me acerqué a la obra de Paul Auster relativamente tarde. Antes de tomar confianza con él y desarrollar admiración, me parecía un escritor americano, lejano y difícil, guionista de Smoke, una película que había visto en tiempos y que me gustó muchísimo, pero que también me pareció muy norteamericana. Incluso su físico se me ha ido dulcificando, acercando y haciéndose más cálido y humano con el tiempo. Luego he ido descubriendo que toda la dureza que yo percibía no era más que el disfraz de una extrema humanidad interior, de la soledad y del dolor. Porque en el fondo Auster era un poeta que contaba historias, y esas historias cargan con la poesía, a veces de los mismos títulos de los libros que las albergan. Y los poetas casi siempre están solos.
Me encontré de verdad con Auster por algunas recomendaciones que picaron mucho mi curiosidad y descubrí en este escritor una literatura al principio un poco difícil y lejana, pero con la que me fui reconociendo poco a poco, hasta el punto de llegar a la admiración y de considerarlo, como creo que es, uno de los más grandes escritores norteamericanos contemporáneos y con una carga tremenda de intimidad que es, quizá, lo que más me atrae de su obra. Esa soledad siempre presente, aunque sea de manera discreta. Porque escribir, como ser poeta, también es estar solo, se escribe en soledad. Él mismo llegó a reflexionar sobre este tema:
A veces me pregunto por qué me he pasado toda la vida encerrado en un cuarto, escribiendo, cuando afuera está el mundo lleno de vida y de posibilidades. La escritura exige entregarse a ella sin fisuras, abrirse a toda forma posible de dolor, de gozo, a todas las emociones que es posible sentir. Hacerlo bien requiere coraje moral. Ninguna otra ocupación exige a quien la desempeña que entregue el ser, el alma, el corazón y la cabeza sin saber si al final habrá recompensa
A partir de ahí comencé por Brooklyn Follies (2005), en la que aparece reflejada la enfermedad y el refugio, en cierta forma un boceto del autor o Sunset Park (2010), sobre amor y libros, no recuerdo exactamente cuál fue el primero. Sin duda “Brooklyn Follies” por la fecha de edición, que escogí adrede, consciente de que podría ser la obra que mejor me acercara a su estilo y modo de afrontar la literatura y me ayudara a decidir si seguir su estela como escritor.

Y sí, así fue. Y vinieron otros, ya sin orden y según los iba encontrando o iban apareciendo, o me iban atrayendo: La invención de la soledad (1982), en parte autobiográfico; La trilogía de Nueva York (Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada), obra básica en todo el conjunto de la del autor, entre la novela negra y el simbolismo, (1985-87); El palacio de la luna (1989), casi una novela de aventuras, desventuras y donde se incluye la magia de la creación; La música del azar (1990); Leviatán (1992); Mr. Vértigo (1994), una novela negra que busca la verdad; Tombuctú (1999);el maravilloso homenaje al mundo del cine con El libro de las ilusiones (2002); La noche del oráculo (2004), que ahonda en las relaciones personales; Viajes por el Scriptorium (2006); El país de las últimas cosas (2006); Un hombre en la oscuridad (2008), una huida de la realidad y la necesidad de crear un mundo propio; Invisible (2009), también sobre literatura y el deseo de superación; Diario de invierno (2013); el retrato de una época y una generación en 4321 (2017); Espacios en blanco (2020); La llama inmortal (2021); y muchos otros. Poco a poco las fui leyendo, o releyendo a veces y me fui acercando al estilo, a veces tan cambiante, pero también tan igual del escritor. Porque los temas son variados, pero esencialmente semejantes. Hasta terminar con Baumgartner (2023), sobre ausencias; posiblemente un libro de despedida que queda pendiente para rendirle un homenaje a su memoria cuando abra sus páginas. Parece que esta última obra gestada durante su enfermedad alberga la melancolía al mismo tiempo que la confianza y fe en la ficción y el amor.
Así ha sido como, con el tiempo, fueron cayendo todos, mejor dicho, muchos de ellos, y tomando confianza con el escritor y, cuando aparece la confianza aparece el afecto, aunque sea en la distancia, aunque no nos conozcamos, pero dentro de un libro está una persona y algo de él se transmite; dentro de toda una gran y extensa obra hay mucho más y el afecto se agranda.
Como he adelantado un poco más arriba, sus obras todas muy dispares, tienen todas una serie de hilos conductores, de mallas entrelazadas: la amistad, el amor, el vacío, el miedo, Brooklyn, Nueva York, la lucha sin aspavientos, la pérdida, la riqueza, la miseria, la enfermedad, la melancolía, la muerte, el azar, el azar, porque todo sucede siempre de repente, sin darnos cuenta, por azar, y porque a veces estos sucesos fortuitos y fatales acaban en la soledad, la soledad o el intento de huir de ella. Y todo ello nos lo ha presentado al lector sin filtros, con dureza.

Paul Auster, el escritor y el hombre, nació en Newark, Nueva Jersey (1947). Perteneciente a una familia judía de origen polaco se inició en la literatura a muy corta edad y a ello ha consagrado toda su vida. Ha sido guionista y director de cine, y desde la década de los ochenta del siglo pasado un icono literario de Nueva York, donde fijó definitivamente su residencia, desde que llegó para estudiar literatura francesa, inglesa e italiana (Universidad de Columbia, 1965-67), como también de toda la literatura norteamericana. Porque Auster es fundamentalmente y en esencia escritor. Su obra literaria es absolutamente completa pues ha publicado relatos (El cuento de Navidad, 1990 entre otros), obras de teatro, ensayos, memorias y autobiografía, artículos periodísticos o poesía. Pero el gran Auster es de las novelas. La primera que publicó Jugada de presión (1982), cercana a la novela negra, lo hizo bajo el seudónimo de Paul Benjamin.
Entre otros reconocimientos, recibió el título de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia (1992), Premio Médicis (1993), el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en España (2006) y Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Madrid. Comenzó su carrera como traductor de autores franceses y vivió en París, donde intentó dedicarse al cine, afición que queda reflejada en “El libro de las ilusiones”.

Su vida personal está cargada de ausencias. Casado en un primer matrimonio con Lydia Davis tuvieron a su hijo Daniel, que falleció poco después de ser acusado de haber causado la muerte de su hija bebé por negligencia. Dos pérdidas, como la de su padre, que marcaron su existencia. Como también la de su amigo de la adolescencia que quedó fulminado por un rayo justo delante de él. Pérdida y azar, pues. En una entrevista llegó a decir: “hace falta estar herido para ser un hombre”.
En 1981 se casó con Siri Hustvedt, también novelista, como Lydia, con la que permanecía hasta la actualidad. Fruto de este segundo matrimonio es su hija Sophie.
El estilo de su obra es aparentemente sencillo, aunque a mí me costó un poco entenderlo, pues lo encontré complejo, incluso laberíntico. Auster construye escenarios complicados, narrativas difíciles, emocionantes, historias dentro de la historia, espejismos, escenas oníricas, casi surrealistas. Pero se puede decir que es, por excelencia, como el título de uno de sus libros más conocidos, el escritor del azar. Él no cree en las casualidades e intenta buscar las razones para que las cosas pasen así, tan de repente, y encuentra la solución del acertijo en el azar, en su azar.

Foto: La Vanguardia
Influido por los grandes novelistas y escritores de toda la historia de la literatura universal, fundamentalmente europea y norteamericana a los que conocía profundamente (Kafka, Montaigne, Cervantes, Faulkner, Walt Whitman …), crea personajes únicos y su obra es muy personal pues en ella se mezclan la seriedad del existencialismo, la postmodernidad, la sorpresa, la búsqueda de la identidad personal con la literatura de lo absurdo o la novela negra, que podríamos definir como más informal.
En su libro de conversaciones con I. B. Siegumfeldt sobre su propia obra titulada Una vida en palabras, llegó a decir: Yo estoy interesado en inventar formas nuevas de contar historias. Quería poner todo del revés.
Que la literatura era su mundo, su vida, queda reflejado también en algunas frases del discurso que ofreció aquí en España al recibir el Premio Príncipe de Asturias, que comenzó: No sé por qué hago lo que hago. Si lo supiera, es probable que no sintiera que necesito hacerlo (…) Solo sé, y lo digo con total certidumbre, que he sentido esta necesidad desde la adolescencia más temprana. Y concluyó con estas palabras: Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento. Y así ha sido.

Foto: La voz de Galicia
Algo de esto ha debido transmitir en su obra pues no sé bien por qué siempre me lo he imaginado con una máquina de escribir en una ventana de un apartamento de Brooklyn. Seguramente no será así, pero así ha estado en mi imaginación mientras pasaba las páginas de sus libros. También a su máquina, amada sin duda, le dedicó un libro Historia de mi máquina de escribir (2002)
En su vida personal, Paul Auster fue defensor de las libertades y absolutamente contrario a las armas de fuego en un país donde es difícil encontrar a alguien que no tenga más de una. Siendo ya mayor descubrió que su abuela paterna había asesinado a su abuelo delante de uno de sus hijos. Su padre nunca habló de ello ni en la familia se comentó este episodio, se maquillaba, simplemente, con otras historias. Pero este suceso marcó a toda la familia paterna de por vida. En ese crimen no sólo hubo una víctima, toda la familia fue víctima mientras vivieron. Y sus vidas quedaron destrozadas.

Su firme oposición a las armas de fuego quedó reflejada en un libro Un país bañado en sangre, realizado con su yerno Spencer Ostrander, fotógrafo. En él se recogen tiroteos masivos, más de treinta, que tuvieron lugar durante décadas a lo largo del territorio estadounidense y cuyas huellas recogió Ostrander con su cámara, “fotografías del silencio”, según el mismo Auster, que puso las palabras, los textos.
Curiosamente, la enfermedad también está muy presente en su obra y en algunos de sus personajes, casi como una premonición.
El 11 de marzo de 2023, la también escritora Siri Hustvedt y esposa de Paul Auster, anunció que éste tenía cáncer. Desde entonces hasta su fallecimiento, ella ha ido dando detalles de los días de Auster y analizado cómo la cercanía de la enfermedad modela la realidad, nos la hace ver de otra forma. La decisión de su mujer de ir detallando ese tiempo ha ido conectando la debilidad física con los estados mentales del enfermo y su familia. Ella hablaba literalmente de vivir en una realidad que ha denominado “Cancerland”. Supongo que lo ha vivido desde el punto de vista de la cuidadora y acompañante. Cuando se conocen las dos situaciones y se ha estado en los dos lados, la del que vive la realidad exterior y la interior, podría también llamarse a este sitio en el que estamos un poco fuera de lugar, casi como extranjeros de nuestras vidas, “Cárcelland”, al fin y al cabo entre las palabras hay poca diferencia, en cuanto al estado, también. Pero queremos pensar que Auster vivió hasta su último día en su realidad literaria, su mejor vida.

El crítico Prudencio Medel escribía el pasado 1 de mayo un obituario con el título “Auster se adentra en el gran vacío”. Es verdad, Auster ya está en el vacío, también Brooklyn se ha quedado más vacío sin él.
La literatura, aunque guardará esta obra para siempre en su espacio y su tiempo, siente también su pérdida, como los lectores, que llegan a sentir tristeza por la desaparición de quienes con conocen sino por su obra.
Pero, muchas veces, lo que más se siente en estos casos, aunque parezca de una frialdad atroz esto que escribo, no es perder a la persona, al hombre, es alguien que la mayoría no conocemos y si en algún momento nos hemos acercado a ellos es siempre a través de otros, con todos sus filtros, odios, amores o manías. No sabes cómo son. Pero sí sabemos cómo es su obra y como aparecen muchas veces más o menos disfrazados, o a cara descubierta, dentro de ella. Y eso es lo que más duele, perder todo ese conocimiento, ese arte del que son protagonistas y, sobre todo, lo que aún les quedaba por dar, por aportar, por regalar, por enseñar y por hacer reflexionar y disfrutar. En este caso, una persona de esa edad tenía un impresionante campo por delante y seguramente muchas ganas e ideas.
Sé que es un planteamiento egoísta, doblemente egoísta, por mí y por las generaciones que se lo acabarán perdiendo, pero es una forma de codicia, quizá la podríamos llamar así, que no puedo evitar. Y es un sentimiento que aparece ante todo aquel que se va sin tener ocasión de darnos todo lo que sabe, aun tratándose de personas cercanas y con menos futuro intelectual del que pudiera tener Paul Auster. Pero todos tenemos siempre algo que enseñar a alguien. Y es una pena no poder hacerlo.
Por lo pronto nos queda su fecunda obra: poesía, ensayos, memorias, guiones cinematográficos, artículos, cuentos, crónicas y, sobre todo novelas, lo que creyó que nunca podría ser capaz de escribir, y que lo ha consagrado como figura imprescindible en la historia de la literatura contemporánea y universal.





Hola, Mercedes, qué homenaje personal y literario más perfecto has realizado de Paul Auster. Me ha encantado y me has enseñado muchas cosas que no sabía. Me duele también su pérdida, porque es un autor que me gusta mucho y todo lo que he leído de él, ha conectado siempre conmigo. Tú lo has analizado y has hecho una crítica literaria fabulosa, que unida a tus reflexiones y a tu forma de ver la literatura y la vida, ha resultado algo sentido, bonito y lleno de contenido muy interesante. Gracias, gracias, gracias, amiga, me asombras muy gratamente. Abrazos
Querida Isa, sabía que esta entrada te iba a gustar. Sí, los amantes de los libros y quienes conectábamos con él como dices, pues lamentamos que, aunque haya dejado muchas palabras escritas, muchas ideas y pensamientos muy claros, tambíen, a su edad, nos ha privado de otras, y ha dejado muchas páginas en blanco que ya quedarán en blanco. Muchas gracias por tu comentario y un beso.