
Hace algo más de diez años hicimos un viaje a Ávila. Nos acercamos a la ciudad amurallada al caer la tarde de verano y fuimos directos al humilladero de Los cuatro postes. Queríamos acercarnos a ella desde la distancia y verla en todo el esplendor casi crepuscular, cercada, seductora, atrayente, como siempre, y ya casi a un paso de nosotros. La íbamos rondando antes de encontrarla delante y envuelta en el misticismo que entonces yo iba buscando.
Y en aquella hora dorada y cobriza, ya a la caída del sol, nos encontramos solos frente a ella, impresionante, tentadora.
Ahora, once años después y con un frío invernal de enero como pocos, nos despedimos de ella después de haber transitado unos días por sus calles silenciosas, recorrido sus murallas, descubierto sus conventos. Y elegimos la salida de primera de hora de la mañana para despedirnos, esta vez, también, desde Los cuatro postes y decirle adiós desde el mismo lugar en el que otra vez la encontramos.
Y con un día nublado y gris que anunciaba lluvia o quizá nieve, llegamos al pequeño y mágico montículo a la salida de la ciudad.
Teníamos tiempo y estuvimos caminando, contemplando la villa desde todos los puntos posibles, fortaleza cerrada y protegida. Y otra vez lejana y atrayente se nos presentaba seductora y cerrada. Imponente.
Mientras admirábamos el paisaje fueron llegando más personas, turistas, viajeros como nosotros que buscaban el lugar. Tres personas subieron hasta arriba y contemplaron el panorama comentando sus impresiones, bajaron y volvieron a emprender su camino.
Otra familia de cuatro personas llegó inmediatamente, dieron una vuelta, miraron el panorama y se fueron.
Cuando ya queríamos comenzar a hacer alguna fotografía de las vistas desde el promontorio se presentó un autobús cargado de viajeros. Algunos no bajaron, otros quedaron paseando por el aparcamiento. La mayoría subió en bandada. Algunos selfies solitarios poniendo expresiones ridículas con la muralla al fondo y de pronto se formó una cadena humana delante del majestuoso panorama, pero de espaldas a él. Solo se oían risas y una voz estridente y chillona que repetía una y otra vez “suban para la foto grupal”, una llamada interminable y repetida que algunos perezosos o personas incapacitadas no quería oír o sencillamente eludía.
Finalmente subieron casi todos acompañados de un señor, posiblemente el guía o conductor, que portaba un gran cartel en el que aparecía el nombre de la empresa que los llevaba por un lado y la bandera del país del que procedían por otro. Una fotografía por cada lado. Y algunas más de todo el grupo.
Hasta aquí parece todo dentro de lo más o menos normal, grupos de turistas que van haciendo paradas en puntos esenciales y quieren llevarse un recuerdo. Lo que nos dejó impactados es que se convirtieron en una muralla que ocupaba toda la línea del humilladero, una pared de carne que tapaba la piedra, la vista y el paisaje y que en ningún momento se volvieron para admirarlo. Permanecieron todo el tiempo de espaldas a tan bello panorama, esperando el momento de la foto. Bajaron y se fueron. Y no volvieron la vista a lo que quedaba detrás. Parece que el autocar ya llevaba tiempo parado y había prisa para continuar.
Supongo, que cuando lleguen a su destino cargados de imágenes del grupo, alguno de ellos intentará ver lo que había detrás de ellos y se perdió, la ciudad detrás de la muralla. Y quizá se dé cuenta de que cambió un momento de belleza por una imagen repetida con distinto fondo. O tal vez no.
Lo cierto es que nosotros estuvimos esperando más de una hora para poder seguir disfrutando del paisaje en la casi ya media mañana nublada. Tan nublada, que nos envolvió por completo al atravesar la sierra de Gredos y el puerto del Pico.
Después llegaron cuatro personas más. Esas sí disfrutaron. Curiosamente, ni siquiera hicieron una fotografía. El esplendor de dicha imagen se lo llevaron puesto.
Nos hizo pensar en lo que se han convertido para muchas personas los viajes, en el resultado de un pequeño documento, caprichoso, inestable, que se convierte en una prueba del “yo he estado allí”, pero no han estado, solo han ido, nada más. Otro caso más de pura banalidad.

Y he que querido recordar el instante también de esta forma:
Entonces los cuatro postes,
al caer de la tarde de verano,
nos acercaron a Ávila.
Miramos sus murallas
solos, con las urracas.
Ahora nos despedimos
desde la misma cruz
y popular humilladero.
Es enero, es invierno,
y está fría la mañana.
Y un grupo de turistas
desenfrenados, rápidos,
desorientados, veloces
y sin curiosidad,
nos impiden separarnos
como habíamos querido.
Aun así, y a nuestro modo,
le dijimos adiós
a tan grande ciudad
mística y santa.
O hasta otra ocasión
si la vida lo permite.
Sus santos lo quieran.

Imágenes: MGP





Una pena que no pudierais disfrutar de ese momento, seguro que la próxima vez le dais el «hasta más ver» que se merece.
Gracias por el comentario, Alejandro. Sí que pudimos disfrutar del momento. Y mucho. Te habrás dado cuenta de que el texto tenía otro sentido. Pero estaría bien volver, desde luego. Un beso.
¡Qué buena reflexión sobre el paso del tiempo, la invasión de la banalidad y la pérdida de la curiosidad! Al leer estas líneas, una pregunta volvía a mi mente una y otra vez: ¿cuándo hemos perdido, como sociedad y como individuos, la curiosidad?
Nos dedicamos a mirar en redes sociales los países y ciudades que vamos a explorar, esperando ir a aquellos lugares a los que otros fueron antes, para repetir sus mismas fotos, acumular las mismas instantáneas y, en definitiva, mirar la vida a través de los mismos ojos. Ni siquiera nos detenemos a observar qué resalta en ese paisaje para nuestra propia percepción, qué nos llama la atención de ese cuadro que contemplamos con nuestra propia mirada…
Se siente melancólico, casi desconocido para alguien de mi edad, recordar los viajes con mapa, donde guiaba la intuición. Qué suerte tienen quienes aún deciden perderse entre las callejuelas y dejarse llevar por la curiosidad y el instinto, como sé que vosotros hacéis.
Espero que cada vez más viajeros, al rebuscar en el álbum de sus viajes o en el carrete de sus móviles, sientan pena por no haber podido avistar lo que tapaban con esas barreras de carne y cambien sus hábitos. Espero que, como sociedad, seamos cada vez más reticentes a la banalidad.
Gracias por encontrar palabras para expresar la sensación de quien observa sin poder comprender el porqué de la falta del saber mirar.
Vaya, Rafa. Tú sí que has hecho una buena y extensa reflexión. Me alegra mucho que estas cosas te hagan pensar y que tu curiosidad no decaiga. Un beso muy grande y sigue comentando. Muchas gracias.
Así es.Por desgracia para todos estamos en un mundo de prisas y postureo,acumulando imágenes y lugares visitados y nos perdemos por el camino lo esencial,el disfrutar cada paisaje y cada momento. Por suerte todavia quedan personas que lo disfrutan y lo viven .
Pues si, esa minoría no se perderá. Un beso.