QUIMIOTERAPIA

“Una curiosa caja de perspectiva” (detalle). Samuel Van Hoogstraten (1627-1678) National Gallery, Londres.

La mujer entra por segunda vez en una habitación como esta. En aquella ocasión estaba justo enfrente y había menos gente, solo la acompañaba otra persona y quienes iban con ella. Hoy son cuatro las butacas ocupadas y hay algunos acompañantes. Cada vez somos más, piensa, de todas las edades. Ahora, ha entrado con menos miedo, pero con la misma inquietud e incertidumbre de entonces, hace varios años. En aquella ocasión sabía que era para unos meses, ahora no sabe cuánto tiempo tendrá que volver aquí, quizá mucho, puede que poco. Quién sabe.

Y también piensa que puede que haya más veces. Que las habrá. Seguramente. Entonces parecía que sería temporal, y tenía la esperanza de terminar pronto. Ahora sabe que vendrán una tras otra hasta que ya no haya más. Ya sí, ya sabe que vendrán.

Pit, pit, pit, rrrrrg, rrrrrg, rrrrrg, bip, bip, bip.

Se encuentra rodeada de gente y sólo pendiente de este sonido.

La acompañan un señor mayor al que lleva su hija, silencioso y casi adormecido, en su mundo, distante. También un hombre acompañado por su hermana. Los tres no paran de hablar, entrelazando conversaciones sobre la enfermedad con voces a veces demasiado altas. Justo al lado, hay otra señora, tranquila, callada, mientras su marido entretiene el tiempo haciendo sudokus o crucigramas. El acompañante de la mujer se ha quedado fuera, en la sala de espera, porque allí hay ya demasiada gente.

Ella solo atiende al runrún de su máquina.  Entre el primer pitido y el último pasará más de hora y media y las personas que tiene a su alrededor continúan hablando de lo cotidiano, critican y cuentan lo que harán cuando esto acabe, cuando salgan de aquí.

El ruido y los pitidos de los cuatro dispensadores de la sala se mezclan entre ellos y con las conversaciones con un rumor abrumador. Pero sólo presta atención al suyo y a su matraca constante: rrrrrg, rrrrrg, rrrrrg, esperando el bip, bip, bip.

La de la mujer es una máquina como las otras, pero ella no la mira, y tan solo se fija en que son las manos azules y enguantadas, de un rostro amable, de una mirada cordial tras una mascarilla también azul, las que la han conectado pautando con concentración el intervalo con el que ha de entrar en sus venas e inundarla el líquido, cuyo color no ve, que baja constante, metódicamente, desde una bolsa tintada con el tono del peligro.

Escucha, pendiente de su rrrrrg, rrrrrg, rrrrrg, con la mayor atención hasta que llegue el bip, bip, bip que la desate, pero sólo por hoy. Hasta la próxima.

Hasta entonces le irá recordando con más o menos clemencia que su goteo amarillo o naranja, la otra vez era naranja, sigue dentro de ella.

Y mientras sigue en la sala escucha las conversaciones y los otros sonidos de lejos, como desde fuera de allí, como si no perteneciera al mismo lugar que sus compañeros de habitación que, igual que ella, están conectados también a sus dudas y sus miedos. Quizá porque, con el mismo temor que los demás, cree que es la única de ellos que sospecha que ha perdido la esperanza. Esa con la que entró para lo mismo aquella primera vez.

Quizá, también, porque, sin saberlo, piensa que sabe más que quienes la acompañan, porque ya estuvo antes, y la engañan esa triste arrogancia de sentir que conoce su destino. Pero no es cierto. No sabe lo que temen ni lo que sienten, ni lo que le espera a cada uno. Pensamos que la experiencia nos hace más sabios, y el dolor más fuertes. Puede ser, o a lo mejor es al revés, la mujer no está segura, pero sabe que no aquí. Nada sigue reglas fijas, y en esta pequeña estancia tampoco. Son otras las que vienen impuestas, las que marcan el tiempo de cada uno. Todo es incierto, impredecible, intranquilo y temeroso, como el mismo desconocimiento.

Pero la mujer ya ha pasado por esto y acaso es que se siente demasiado presa porque cree conocer que cada cierto tiempo, más tarde o más temprano, tendrá que estar atada otra vez a una máquina como ésta. Porque en realidad ya lo sabe, tiene la certeza de que después de esta habrá otra vez, o más veces. Y, porque en el fondo tiene miedo. Y también porque la asusta pensar que no habrá nada cuando salga de aquí.

Después de todo, este es solo un día más, sabe que volverá a su vida cotidiana dentro de un rato y se queda más tranquila. Lo único que queda es esperar. Y el bip, bip, bip, la libera por hoy.

(2023)

«La chica de la ventana». Edward Munch, 1893

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4 respuestas a QUIMIOTERAPIA

  1. Olga Lozano Cid dijo:

    🥰🥰

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