
Praia de Aguieira, panorámica. Porto do Son (A Coruña)
Esa tarde de octubre subimos, en coche, hasta San Lois. Jose quería enseñarme tanto el paisaje interior del monte como el que se pude ver desde allí, magnífico. Para llegar desde Noia cruzamos la ría y pasamos por delante do Pazo da Pena Douro, al que tantas veces he intentado entrar sin suerte. A ver si en la próxima… En su interior se encuentra el claustro románico del antiguo monasterio de Toxosoutos, no muy lejos de allí, en San Xusto. Sitios ambos, sin duda, claustro y monasterio que merecen su momento de reflexión, pero habrá de ser para otra oportunidad.
Siguiendo nuestro camino dejamos detrás “A cova da Moura”, curioso nombre para un dolmen, pero estamos en Galicia.
Hasta ahora nunca había subido a San Lois. Y después de ver las fotos de Jose del año anterior, yo también tenía ganas de ver ese paisaje. El primer lugar donde paramos fue precisamente en la curva que recogían las fotografías (una de ellas ilustra la página Y de paso… en este mismo blog) y ya, después, en el mirador. A nuestros pies, y justo enfrente, una impresionante vista de todo Noia, la inmensa playa de Testal y la majestuosa ria con el sol ya cayendo.
Pero subimos hasta arriba donde la vista se magnifica. A pesar de lo hermoso de la hora, la luz nos impidió contemplar, como hubiésemos querido, este paisaje pues el contraluz del sol no dejaba ver el la salida al mar de este hermosa costa. Habrá que volver a primera hora del día. Aún así, el monte, intensamente inmenso, y al contrario, estaba espléndido, grandioso.
Cuando bajamos decidimos continuar bordeando la ría hasta Porto do Son y Portosin y estuvimos disfrutando del paisaje de la tarde, las enormes playas y el mar, inmensamente iluminado. Y al regreso nos acercamos hasta la playa de Aguieira y bajamos hasta la arena. Todavía al llegar había apenas dos personas paseando por la orilla. Pronto ya no hubo nadie. El viento y el frío del mes de octubre nos obligaban a arroparnos. Y allí contemplamos la despedida del sol.
Cuando ya nos disponíamos a volver sonó el teléfono, nos esperaban. La llamada entró oportunamente. El sol ya se había ido. Nosotros nos íbamos también. Allí dejamos solas a las gaviotas.

La playa estaba tapizada de gaviotas, que buscan a esta hora reposo y alimento. Era ese instante de pausa de las horas, de suspensión del día y de luz a intervalos. Sólo las gaviotas escribían en la arena. La arena estaba fría. Dejaba de ser blanca y la cubría la sombra. El relente se escurre y al resbalar, espesa la frialdad de ese aire que lento se oscurece. Y sólo las gaviotas, seguras como nadie, pasean su descanso. La luz y las nubes delinean el ambiente, dibujan la brisa y empapan el paisaje. El cielo es de cobre y la mar es de plata. La bruma cubre los salientes de la costa. Y sólo las gaviotas chillan sus antojos. El lejano horizonte es boceto y aguada de colores disueltos hacia tonos únicos, hacia solo matices. Y la mar se ensombrece. Inestable paisaje. Las gaviotas se mueven como puntos, tranquilas, no lejos de la orilla. La arena se enfría el aire se condensa y sacude la tarde. Y se aleja la luz. Cae el día como un peso sobre la arena fina. Se queda todo en sombra la orilla no se encuentra y sólo las gaviotas se atreven a acercarse. Se agranda la distancia hacia la lejanía. Los límites desaparecen y sólo lo cercano, lo inmediato y seguro, parece distinguirse. Los picos de la costa lejana y su relieve se vuelven infinitos. Y las gaviotas vuelven. Tarda, aquí, el día en retirarse. Pero se va de golpe, y lo hombres se marchan. Todo se vuelve incógnita. Y es mejor irse lejos. Cuando la tarde cae queda la playa sola y cubierta de gaviotas. Que no temen al viento. Que saben sus secretos.




