
Había en la ría heridas aún abiertas y cicatrices marcadas en la arena blanca. Y lajas de piedra. Llegó el crepúsculo y el cielo se vistió de nubes naranjas, el gran sol se volvió de cera, transparente. El agua fue cubierta del turquesa al púrpura, como la llaga abierta de este estuario. Bajo el cielo, incandescente, la mar se iba encendiendo, agrandando una hoguera espesa y fluida, de metal, hirviente, extraño y raso. Una hoguera infinita. Y el color aguamarina fue variando al turquesa, al verde, al azul más oscuro cuando la luz partió por la tierra del fondo. Había en la ría color de despedida. Un puente envidiable, un islote, una casa. Heridas, cicatrices y lajas de piedra.





