PEQUEÑOS MONSTRUOS

Lo que sé de los hombrecillos, Juan José Millás

Hace unos días terminé de leer uno de los últimos libros de Juan José Millás, Lo que sé de los hombrecillos. Y debo reconocer que de aquello que he leído de este escritor no es, precisamente, lo que más me ha gustado.

Sus comentarios sagaces, punzantes a veces, me encantan. Algunos de ellos me han resultado verdaderamente deliciosos. Sus artículos periodísticos los reconozco extraordinarios, y los comentarios a fotografías que realiza semanalmente en la sección “La imagen” de los suplementos de El País, poseen una capacidad de observación admirable y una agudeza e ingenio sorprendentes. Este libro, en cambio, lo leí, sin más, sin disfrutarlo demasiado como en otros casos. Así que lo terminé y fui a guardarlo en el estante de los libros ya leídos.

Y, a continuación, porque en la vida diaria hay que hacer de todo, me dispuse a planchar, y ese día tocaba. Una faena tediosa para mí, por cierto, pero igualmente necesaria. Además tenía que planchar unas sábanas de algodón ¡Por qué se me ocurriría comprar sábanas de algodón! Si, ya sé,… porque son confortables, cómodas, sanas, agradables al tacto, etcétera, etcétera. Pero… a la hora de plancharlas: arrepentimiento. Ya hace tiempo que decidí no volver a comprar sábanas cien por cien algodón. Así, mientras realizaba la tarea de correr la extensa tela por la tabla de la plancha, se me vino a la cabeza lo pesado que esto me resultaba y me acordé del libro que acababa de dejar en su sitio.

Intentaba sacar de él un provecho que, sin duda, debía estar oculto pero que, durante su lectura, no logré encontrar. Ahora, una vez terminado y dispuesto a ser olvidado en un estante hasta otro momento más propicio para él o para mí, o para un comentario, un préstamo, o quizá postergado para siempre, empezaron a venirme ideas a la cabeza. El vapor del agua de la plancha subía y ellas revoloteaban, y se iban desarrollando. Y pensando en lo tedioso que resulta planchar una sábana de algodón pensaba también en la aburrida existencia de su protagonista.

Y el libro empezó a darme qué pensar, sobre todo en aquello que es capaz de hacer, de inventar, el ser humano para salir de la rutina diaria, del tedio, del aburrimiento, que puede llegar a ser tal que haga perder la razón, incluso la de vivir. Porque hasta la propia autodestrucción puede aportar nuevas sensaciones, emociones que den un sentido a los días. Por fortuna, la mayoría de las veces, como en el caso del personaje de Millás, volvemos a la realidad, por aburrida que esta sea, pero más segura, menos impredecible. Porque el hombre es, por naturaleza, curioso, pero también, la mayoría de las veces, miedoso y cobarde.

A medida que avanzaba en las fantasías tan destructivas que el profesor emérito, protagonista de la historia, iba ideando y descubriendo, apareció en mi memoria un grabado goyesco y el título manuscrito que lo acompaña. Los juicios sobre el libro me lo trajeron al pensamiento como un fogonazo: aquella magistral frase del genial Goya, la que da título a uno de sus magníficos, únicos, singulares y espléndidos grabados, el de “El sueño de la razón produce monstruos”, el número de 43 de su colección de Los caprichos.

Y el argumento del libro encontró una explicación, no sé si la de su autor, pero sí la mía.

Cada cual, cada uno de nosotros tiene sus propios monstruos guardados en un cajón del escritorio, en el bolsillo de la chaqueta, en la encimera de la cocina, debajo de la almohada, en un bolso o en el calderín de la plancha. Y también a alguien que nos dice telepáticamente, o al oído, o por boca de otro, aquello que a veces queremos oír y que muchas otras veces nos arrepentimos de habernos detenido a escuchar. Porque nos gusta, y nos asusta, y, sobre todo, nos asusta que nos guste. Y él, ese ser invisible, hace todo aquello que nosotros no somos capaces de hacer. Y cuando nos atrevemos, nos disculpamos echándole la culpa al extraño, -¿pero es un extraño?-, aunque sea un hombrecillo, una réplica minúscula de nosotros mismos. Menos mal que, en este caso, cuando el daño propio se iba haciendo insoportable, el hombrecillo desapareció. A veces no resulta tan fácil. En el libro, para bien o para mal del protagonista, lo hizo.

Pero en realidad los monstruos solemos ser nosotros mismos, aparecen en nuestra propia razón y en nuestros propios sueños, salen de nuestro interior. Y se reproducen, como en Lo que sé de los hombrecillos, a nuestra viva imagen y semejanza. El autor del libro, el inventor de todo en definitiva, esta vez, ha sido bondadoso con su protagonista y ha creado el monstruo en miniatura, pues de haber sido mayor lo habría literalmente engullido. Pero, ¿quién es aquí realmente el monstruo?, ¿el hombrecillo, su doble?, ¿el hombre, su réplica? ¿En qué recóndito rincón de nuestro cerebro se esconden los deseos, las perversidades, la conciencia, el arrepentimiento?

«El sueño de la razón produce monstruos», grabado, Los Caprichos, Goya

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