
Al atardecer, fuimos una vez más, Jose y yo, hasta el castro. Recuerdo cuando estuvimos la vez anterior, cuatro años antes, los dos, y también Rafa, a quien llevamos para que conociera este rincón que tanto nos atrapa. Tenía todo una luz diferente, más clara y luminosa, menos enigmática. Era entonces agosto, y era también de día, a media mañana y mi padre, que nos acompañaba pero no podía llegar hasta allí, nos esperaba sentado al inicio del camino. Luego le contamos lo que vimos, el sendero y el sitio que andábamos buscando.

Entro en recintos circulares de piedras superpuestas. Subo por cimientos de casas de hombres antiguos, de antepasados de los míos, de ascendientes lejanos de todos mis abuelos. Una lengua de tierra milenaria me conduce más lejos, hacia el cercado ruedo poblado de cabañas, antigua península hecha castro y morada. Como todos los días golpea ronco el mar por todas partes. El mismo mar de siempre. También el de los hombres que no conocí nunca, que de él se defendían a los que él sustentaba. Baña hoy la colina la luz del ocaso. Esta hora prodigiosa que despide a la tarde. Quizá el mejor momento para encontrarse. Para despedirse también de estos hogares, fantásticos y antiguos entintados de rojo. El mar sigue rompiendo por todos los frentes. Parece que por aquí no conoce el descanso. Tan solo se apacigua, se templa y dulcifica, hacia la inmensa playa bajo la ciudadela. Area Longa, la llaman, larga lengua de arena. De ahí su nombre. Menos el horizonte y la mar de delante, todo se vuelve oscuro y azulón se sombrea: la playa, el monte y el camino de vuelta, perdido entre pinares. Tomamos el sendero ya a punto de la noche. Descubro piedras blancas de arume salpicadas, como agujas de cobre, como lanzas de pinos, que brillan en el suelo. Y emprendemos la vuelta. Cuando miro hacia atrás se me va diluyendo, como desdibujado y apagado entre sombras, el antiguo poblado. Tres veces misterioso. A medio construir. A medio destruir. A medio restaurar.




