
“Inicio de una tempestad en el Mar Negro”, Iván Aivazovski, 1881. The State Tretyakov Gallery, Moscú.
Parecía el mar espeso
como metal fundido,
y las olas redondas
arrastraban su curva
perfectas sin orilla.
Un camino de luz
iluminaba el agua
hacia un disco lechoso
de luz en despedida.
Estela blanquecina
sobre grises mojados.
Pero en el denso líquido
engañoso a la vista,
no se rompía la llama
flotante de la tarde.
Grisáceo e ilusorio
bailaba haciendo bucles.
El viento fue arreciando
con Levante inclemente,
y apareció la espuma
coronando las ondas
plomizas y cansadas.
Las deslizaba el aire
con medida cadencia
y se dejaban ir
al son de ritmo ajeno.
Las palmeras lanzaron
su melena a la espalda
despeinándose alegres,
dementes y chifladas
de cara a la corriente.
Y tocaban el gong
de forma interminable
con un compás acorde
los palos de las velas
desnudos y guardados.
Sus naves, amarradas
atracadas al puerto,
estaban protegidas
seguras y mecidas.
Era tiempo de irse,
refugiarse también.
Dejar el vendaval
fundido con la tarde
evitando volar
o guerrear con el viento.

Atardecer en la costa de Tarragona. La Vanguardia.




