Laberinto de zarzas
y de bayas silvestres
en la tierra, a los lados,
debajo de nosotros.
Y en el gran horizonte,
que se nos viene encima,
se apelmaza un inmenso
y espeso mar de nubes.
El día se va cubriendo
de negro, ocre, verde,
de blanco y azul límpido:
del cielo que lo cubre,
del aire que lo envuelve.
La escarcha, se aplotrona
en las lindes del camino.
Y, ¡por fín!, el sol fuera,
creando sombras y brillos
en la brisa y la nieve,
desprendiendo destellos,
iluminando el frío
y calentando amable
la luz de la mañana
espesa y blanquecina,
preludio del invierno.
Cuando fijo la vista,
de nuevo, en la distancia,
nubes blandas se abren
a un lado del camino,
y otras de nieve, intensas,
siguen al otro lado.
Blanco a un lado.
Al otro, blanco.
El invierno domina
esta región, sin tregua.
Descubre tonos nuevos
a la tierra infinita,
recelosa y robusta,
rigurosa y severa,
formalmente vestida
con matices sencillos
y escaso colorido
según fecha y horario:
Resultado perfecto.
Tan sencillo y fulgente,
reluciente a la helada,
el paisaje se impone,
omnipresente y vivo,
si se sabe mirarlo.
Territorio cerrado,
universo secreto
de una tierra escondida.
Estepa silenciosa
naciente esta mañana.
Dura, como la vida.
Sobria, como sus gentes.
(Diciembre 2011-2015)
Campo en invierno. Suelo con escarcha.Hojas muertas heladas