
“Rue St. Honore”, Pissarro, 1897. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.
Cae lánguida la lluvia somnolienta y pesada. Tan fina y silenciosa, se escurre entre los vidrios, las piedras y la calle. Tiñe de gris el aire y moja los recuerdos, como indolente y sorda, como el sauce en el agua, la sombra en el espejo, en el rostro la lágrima. Cuidadosa y paciente, va lamiendo paredes y todo lo que encuentra, cayendo sigilosa por el rastro del tiempo. Lavando la memoria del polvo de las penas del rastro de pasados. Bañando la tristeza de agua tibia y suave, anestesiando el alma y la dura conciencia. Lánguidamente, sí cae la lluvia. Adormeciendo el día, resbalando indefensa descuidada y ausente. Abrumando las luces, oscurece las horas. Sin querer, sin saberlo, mientras dura su paso melancólico y lento, su música constante, su insistente repique, nos arranca del miedo de luces inclementes. Y nos salva del peso del dolor cotidiano. Y nos salva del llanto o llora con nosotros quizá, y nos acompaña.




