
Bosque castaños en otoño. Valle del Genal (Málaga) JM Vargas
Hay días de otoño que quisiera morirme. Quedarme para siempre con la lluvia mansa, con los días grises. Quedarme con las mañanas opacas de neblina, de niebla adormiladas. Y con las luces tibias de los días que se acortan, con las tardes plomizas, con el viento ronco. Hay días de otoño, sí, que quisiera morirme. Aguantar con el verde que se pega a los muros de mi pequeño patio. Quedarme con el oro de las hojas que, tristes, se humillan y desprenden. Que se vuelven de cuero, de papel, y se quiebran, -son fino y seco olvido-, bajo los pies de los niños. Quedarme con el color del bosque de castaños, amarillo, ocre, rojo, gris y pardo, sombrío, mientras tiñen el suelo los sollozos del bosque. Y cobijarme, perezosa y serena, en la bóveda del monte. Quedarme, también, con el rugido, ya lejano y profundo, de la mar, en la tarde. Y con ese olor a menta, de lluvia, en el ambiente. Y con un manto de nubes, apretadas y espesas, sobre mi cabeza soñolienta. Sí, hay días de otoño que quisiera morirme. Imaginar el tiempo fuera de mi casa, de mi casa lejos. Conservar su sonido y su olor, y sus tonos. Y dejar que me envuelva su consuelo tibio. Y despedirme para siempre. Abrazar los recuerdos para que no se vayan, aunque se confundan, inevitablemente. Y vestirme de lana, cálida y confortable, para no pasar frío allí a donde vaya. Porque hay días de otoño que quisiera morirme. Rendirme por un tiempo, reposar un momento. Y pararme a ver llegar, de nuevo, el otoño que viene. (2012-2013)




