LA CASA


Mi casa, la de siempre,
ya no existe.
Han cambiado su cara y sus cimientos.
Los cierros se sellaron para siempre
sustituidos por feos ladrillos rojos.
Ya no es su fachada blanca y verde,
y ya no tiene patio ni azotea,
ni una veleta siempre en movimiento,
ni aquel pozo tan hondo de agua fresca
que quitaba la sed del vecindario.

Ahora, seguramente, los vecinos
no son una familia,
los niños no comparten
el plato y las lentejas,
ni los juegos a gritos en la calle,
ni los deberes en la misma mesa.
Y no habrá flores, ni parra,
ni níspero, pascuero ni suspiros,
ni humildes margaritas.
Ni reuniones alrededor de una labor
en las tardes soleadas del invierno.

Ni aquellas meriendas compartidas
con pan y chocolate,
y gritos infantiles, y roces,
de niños y de madres.
Ni jazmín oloroso
en las cálidas noches del verano
perfumando conversaciones tranquilas,
a media voz y sólo femeninas
a la espera del sueño
y un poco más de fresco.

Aquella casa, la mía, la de siempre,
ya no es mía y ya no siente.
Ya no es la de los días de mi infancia,
ni la de los ensueños de entonces
y los de luego, no es ya
la del tiempo de las fantasías.
Porque en mis sueños nunca ha habido otra,
sólo ella aparece entre el recuerdo
que se mete en la noche en la almohada,
y se cuela sigiloso en el descanso.

Y aquellas ilusiones imposibles,
tan ambiciosas como irrealizables,
cayeron para siempre con mi casa,
como los muros suyos ya cansados.
Cerraron para siempre sus portones.
Se hundieron con ella todos los espejismos
que abrigaron un día sus paredes.
Ahora paso por ella y no la reconozco.
No me gusta. Es otra. No guarda nada mío.
Nada en ella ya me pertenece.

Ni siquiera me acerca a los recuerdos
que quedaron prendidos en el tiempo
tan pasado y lejano, y tan presentes,
o en aquellas escasas fotografías
pegadas en el álbum del recuerdo,
del recuerdo lejano, o del olvido
que quizá vengan ya a ser lo mismo.
Ya no guarda ruidos ni olores,
ni el calor de las gentes a la puerta.
Nada tiene ya que se parezca.

Mi casa, la casa de mis sueños,
de mis lecturas ávidas, de la curiosidad,
de mis primeros versos.
Y de aquellos amores de mentira
que yo creía tan ciertos, tan eternos,
de aquellas soledades de una niña
que yo creía tan grandes, que lo eran,
aunque quedaran tantas todavía.
La de las inseguridades
y la de tantos miedos.

Mi casa, mi hogar y mi morada,
la que compartí con mis hermanos.
La de mis padres jóvenes,
la de mi madre fuerte,
la que esperaba la llegada de mi padre.
Y la del gran primer dolor
tan desolador, tan inesperado,
que nos invadió ya para siempre.
La que, a pesar de todo, seguía oliendo
a caldo y jabón verde, ya no existe.

Y yo no vuelvo. No he vuelto.
En su lugar hay un edificio
que no me gustó nunca,
que apaga de algún modo
la luz, la intensa luz,
de aquella calle
que a veces recuerdo
en blanco y negro,
pero completamente viva.
Pues tenía toda la vida por delante.

(2016-2023)

Joaquín Sorolla. «Patio de la Casa Sorolla», 1917

Julio Romero de Torres, «Un patio andaluz», 1900

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4 respuestas a LA CASA

  1. Mari Carmen dijo:

    Cierto,nada tiene que ver con la nuestra,con sus recuerdos,con sus vivencias ,ya no nos recuerda nada cuando.pasamos por su fachada .

  2. Isabel Pérez Sánchez dijo:

    Qué bonito poema, Mercedes. Qué descriptivo y cuántos sentimientos expresas y recuerdos, alguno muy triste pero también está ahí.
    Qué bien que hayas podido plasmarlo con esa emotiva exactitud tuya.
    Me llega tu poesía, amiga, aunque no es mi casa son también las casas y recuerdos de mi infancia.
    Muchas gracias

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