Estas tardes de junio
tienen sabor a otoño,
y avisan
de un verano inexistente
que pasará como de largo.
Eso me inspiran.
Estas tardes rosadas
y frescas todavía,
que anuncian noches largas
sin tinieblas ni sombras.
Eso dicen.
Son tardes de añoranza
que se vuelven heladas
en la noche.
Nostalgia por aquello
que se fue,
que no tuve,
por aquellos veranos
intensamente libres,
tan distantes, tan lejos.
Olvidados.
Se me cargan de pena
sin nombre
estos crepúsculos.
Tan largos y tan fríos,
del color del suspenso
y la hora detenida.
Atardeceres bellos
del salmón al violeta
inmensamente hermosos,
profundamente tristes.
Y con olor a frío.
Y con regusto a llanto.
Y con sabor a otoño.
(Junio de 2013-2018)
Qué bonita entrada, tata, me ha devuelto a los atardeceres que tanto echo de menos y a aquellas tardes de verano en familia que venían, automáticamente, al acabar el curso, sin tener que plantearme encontrar el momento para reservar un avión y volver a casa… Precioso.
Muy bonito comentario, Marta. Y muy sentido. Esa sensación la tenemos todos cuando ese tiempo que empezaba al acabar el curso, como dices, ya se nos fue. Pero siempre se encuentra un momento, como sabes. Me alegro mucho de que ya puedas comentar. Y los atardeceres siguen aquí, esperando cualquier tarde que estés, como nosotros. Un beso muy grande. Y muchas gracias.