
«Vista del jardín de la Villa Médicis, en Roma», Diego Velázquez, 1630, Museo del Prado.
En mi casa no hay otoño. Y el invierno se nos cuela sin que nos demos cuenta. Entra por las rendijas abiertas de los días que se nos fueron yendo. Que no cuidamos. Pasa por los portillos abandonados ya y desprotegidos, inservibles y viejos, de todas las entradas, de las salidas todas. Y baja ente las tejas abiertas y rotas, privadas de cobijo, reventadas de hastío y de miedo. Se va filtrando, así, tan lenta y tenazmente, conjurando las horas de vida que nos quedan. Y lo enfría todo sin apenas sentirlo. Y se nos mete dentro. Sin remedio ni ayuda. Hace temblar la vida, amoratando el tiempo, podando los años, amputando edades gangrenadas de espanto. En mi casa no hay otoño. Y el invierno se nos cuela sin que nos demos cuenta. Sí. Entra por los resquicios, olvidados y tristes, de existencias evocadas y azares pasajeros. De vidas inventadas que quedaron abiertas, porque no acabaron. Y se queda. El invierno se queda. Helando los sentidos. Quemando, con su frío los recuerdos, arreciando la memoria. Mutilando los deseos. Paralizando las alas. Agarrotando el alma. (Abril, 2013)

«Casa en ruinas», Domenico Bresolin. Primera mitad del s. XIX




