El Levante nos marca con su hierro de fuego. Y en su abrazo de tierra, de modorra y cansancio, de calma, nos enreda. Viento que nos atrapa, con un rastro cansado de agotada existencia. Nos invita a otra vida casi ajena, remota, arrastrando unas piernas tan torpes y de arena. Tiempo lacio que avanza, perezoso y rendido, con sus horas de trapo, que se van consumiendo entre gestos sin gana. Horas blandas y espesas, de días abatidos, desvanecen los actos. Momentos de abandono, desgastados y mustios, confunden el sentido de infieles espejismos.
Compacto, nos aplasta despojando motivos de fuerzas y futuro, desprendiendo pelusas de humana resistencia. Nos aleja del mundo, suspendidos del aire, pastoso, que produce. Impone su letargo y la atmósfera enturbia, hasta romper los cabos de la supervivencia. Brisa caliente y calma, nos hace sacudirnos de todo lo diario, hasta de los deseos. Cuando salte de rabia y se haga ventolera se llevará humedades y malos pensamientos. Y mientras se prepara nos tiene como rotos, igual que hilos sueltos. Como deshilvanados.

Dunas en Camposoto. Punta del Boquerón. Fotogtafía: JMVargas





Los que conocemos el Levante nos identificamos totalmente. Enhorabuena por las palabras tan acertadas. Me gusta.
Gracias, Javi. Me alegro de que lo consideres así.
Es verdad, el levante en esta zona hay que sentirlo para saber como es.
Y, en verano sobre todo, ese desmadejamiento que nos deja es lo que he querido expresar.
Un saludo
Bonita manera de hablar del levante,el que no tenga oportunidad de vivirlo lo podrá sentir leyendo este poema 😘😘
Sí, nos gustará más o menos pero es un viento peculiar por aquí. Y también necesario.
Eso sí, cuando está en calma y dormido, lo duerme todo.