
Podría decirse que sobre la luna, las lunas -de cada día, de cada momento, de cada uno de nosotros-, todo, o casi todo, está dicho, está escrito. Pero no es así. Cada noche es capaz de hacerse diferente e iluminar o entristecer el mundo, de acompañar o abandonarnos, convertirse en espía, pero también, y sobre todo, en confidente, cómplice, consejera o en el momentáneo, fugaz, repentino o permanente objeto de nuestro deseo, de nuestros más íntimos anhelos.
Cada día, y cada noche sobre todo, si nos detenemos y le dedicamos un momento a su presencia, nos trae una o varias lunas, todas destinadas a cada uno de nosotros.
Y al contemplarla, casi siempre, nos sentimos protegidos. Porque esa es su mayor virtud y su gran secreto. Ese es el misterio que la hace tan fascinante: acompañarnos en la oscuridad, hacernos creer que nos atiende y que nos escucha.




