PONTEVEDRA

Plaza de la Leña. Cruceiro y soportales. MGP.

Recién entrado el otoño, Pontevedra me pareció una ciudad tranquila, que respira al ritmo del hombre, que camina al ritmo del hombre. Una ciudad que vive con un acorde propio marcado al compás de tañidos que soplan y resoplan en el aire y por la cadencia del agua que derraman sus hermosos surtidores.

Me recibe con lluvia. También con ella me despide. No me importa. Al contrario.  Sus paredes de piedra y su empedrado suelo relucen bajo el agua, que viene acompasada y cadenciosa, o no tanto. Persistente, seguro. Esa agua purificadora que resbala por todas partes, que lo lava todo, que todo lo limpia: el aire, la calle y el espíritu.

Capital costera sin mar, llega hasta él por el río, bajando el Lérez, y este mismo mar  se le acerca por la ría, la de su nombre. Pero todo en esta ciudad es agua y parece que a ella invoca. Es agua la del río, que la rodea; agua la de la lluvia, que la cubre muchos días del año; agua la de sus fuentes, que la salpican en cada plaza; y lo son, también, esas otras aguas saludables que reponen y alivian los cuerpos cansados.

Sus iglesias refugian de los aguaceros, cobijan los soportales en la marcha diaria y sus puentes, la salvan. Sin duda una ciudad que cuida los puentes y se llena de  fuentes, es una ciudad que honra el agua.

Fuente de los niños con leyenda del agua
Llegué a Pontevedra.
Por fin. Cuánto tiempo.
He visto Pontevedra,
amable y recogida:
Un burgo distinguido
de calles complacientes,
de muros respetados.
He visto Pontevedra,
ocupada de cruces,
salpicada de fuentes,
despejada de plazas.
Ciudad de piedra.
Villa de agua.
Tiene escrito,
y bien dicen de ella,
Que “É boa vila
que da de beber ó que pasa”
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