Las nubes, altivas, nos miran desde arriba, desde su altura indescifrable, que no podemos calcular desde aquí abajo, donde estamos. Nos miran impasibles, como siempre, también siempre cambiantes siempre nuevas, vapor efervescente o apagado: Blancas, grises, rosadas, amarillas, violetas, moradas, rojas, negras, según los vientos, las aguas y las luces del día.
Nos miran, sí, a nosotros, que alzamos nuestra vista a tratar de llegar con nuestros cortos ojos, a lo alto, para verlas. Adivinar aquello que nos traigan hasta el suelo tan nuestro, hasta la tierra que sustenta: escasez o abundancia, tragedia o alegría.
Las nubes, que no sienten, vapor en movimiento, inciertas también siempre, nos miran desde arriba despreocupadas e insensibles, a unos hombres ansiosos pendientes de sus vidas, que miran hacia el cielo.
Las nubes siempre nuevas, cosidas y cambiantes, inquietas, movedizas, nos miran descuidadas y descargan su furia, su caricia, su suerte, a nosotros, criaturas, variables, también, también siempre inseguras. Y siempre rotas, viejas siempre. Pendientes de las nubes.