
Tácitamente había quedado acordado. Bueno, más o menos. Tras la última entrada en estas Letras vivas, con “El azar de la mujer rubia” y el provechoso comentario de Juanjo sobre la novela de Benjamín Prado, fue el mismo Juanjo quien, en cierto modo, lanzó la pelota y hasta nos prestó el libro. Así que no me veo en otra que intentar recogerla y jugar. Y debo decir que estoy de acuerdo con él en algunas cosas y, seguramente, también en otras que piensa y que lógicamente en pocas líneas no ha podido expresar.
Mala gente que camina, la inquietante narración de una historia cargada de durísima realidad que Benjamín Prado reviste de ficción, tal vez para hacerla más digerible, quizá para que su denuncia alcance a más lectores, tiene ya unos años. Y particularmente, me parece un libro con mucho mérito del que, en esta ocasión, aunque sin pararme en detalles, sí que voy a desvelar parte del argumento.
En la novela, publicada en 2006, el autor trata sustancialmente la tragedia de los casi treinta mil niños -según se calcula- que fueron retirados, robados y secuestrados de sus madres en la posguerra española. En fechas recientes han ido apareciendo noticias sobre este tema, pero hace siete años, cuando salió la novela, todavía estaba muy silenciado. Parece que un reportaje en televisión impresionó al escritor hasta el punto de emprender una cruzada personal. Y él mismo ha reconocido que el impacto del documental le creó la necesidad íntima de investigar, publicar y llamar la atención sobre una cuestión tan dramática de la que, incomprensiblemente, no se hablaba. Así, se impuso a sí mismo la obligación de desvelar atrocidades silenciadas durante décadas. Y la novela parece que surge de esto, de intentar denunciar una tremenda injusticia y aclarar un grandísimo engaño.
El libro de Prado relata episodios y ahonda en sucesos y hechos oscuros, trágicos, atroces, de nuestra historia cercana. El trasfondo de esta obra nos presenta una posguerra cruel y una parte de la historia en la que la violencia y la represión llegaron a límites absolutamente inhumanos. Entre tanta injusticia, la guía de esta obra es básicamente el tráfico de niños de las presas republicanas y mujeres contrarias al régimen. Estos niños eran entregados a familias afectas al gobierno para que fuesen educados, más bien reeducados, en un ambiente “honrado y decente”, según sus reglas. Familias que presumían de ser caritativas a las que, si los niños no le gustaban o no cumplían sus expectativas, sencillamente los cambiaban por otros, como simples objetos. Y que se reservaban el grado de salvadores, puesto que consideraban las ideas marxistas y socialistas como males contagiosos y hereditarios. Tan graves alcanzaron a ser estas actuaciones que incluso llegaron a aprobarse oficialmente y realizarse prácticas que no caben en la razón. Médicos de renombre fueron autorizados a desarrollar siniestros ensayos bajo el propósito de una limpieza de personas rebeldes al régimen, cuya libertad de pensamiento era considerada como una enfermedad a erradicar. Terrible. Científicos que eran, en realidad, psicópatas que gozaron de prestigio y amparo en su labor de exterminio de las ideas y personas por generaciones. Y en este sentido, los datos aportados por Benjamín Prado, que son muchos, las referencias históricas y documentales que aporta, que también lo son, impactan, agobian, asfixian y apabullan.

Tengo que confesar que no conocía estas terribles prácticas que se relatan en el libro ni muchos de los horrores que se recuerdan, a pesar, de que en nuestro país hubo prisioneros encarcelados en campos de concentración hasta el año 1962, un año en que yo ya había nacido. También, que desconocía bastantes aspectos de las terribles condiciones de las cárceles y apenas nada de la práctica y defensa de la eugenesia, de la regeneración de la raza. Quizá, este cierto pudor por el desconocimiento necesario, me ha resultado también impactante.
Lo cierto es que, en este sentido, el autor de la novela hace una clara y patente denuncia -así lo he visto yo- a la impunidad absoluta ante estas atrocidades, con el perjuicio en nuestra contra, además, de que nos hemos atrevido a denunciarlas en otros países ocultándolas en el nuestro.
Bien. Hasta aquí el horror que relata y denuncia esta novela. Pero cómo resuelve Benjamín Prado tales intenciones. Prado utiliza un recurso, desde mi punto de vista, de gran fuerza literaria y narrativa como es la creación de una biografía falseada, pseudo real. Y se inventa un personaje, no el narrador de toda la historia, sino el personaje que es, en realidad, su conductor. Se inventa una mujer con una vida enmarcada en la época que intenta documentar. Y la simulación es tan aparente que el lector acaba creyendo en su existencia histórica y no ficticia. Pero no es así. Porque en realidad Benjamín Prado nos cuenta una historia que es el ejemplo, ficticio, de muchas otras que fueron reales, y quizá aún más terribles.
Y el novelista Prado crea a otro novelista, su personaje. Éste, el narrador literario, no se presenta al lector hasta el final. En cierto modo, este detalle es, a mi modo de ver, el último de muchos que nos ofrece una imagen, a cada uno de nosotros, lectores, de su particular carácter. Juan Urbano, que este es su nombre, es una creación de Benjamín Prado, una especie de acompañante de columnas periodísticas y cómplice en la denuncia durante años. En esta novela es un profesor de instituto algo hastiado ya de su trabajo. Tanto, que tras quejarse continuamente de todas las situaciones y circunstancias propias de un instituto de secundaria, hasta caer ya en lo tópico y repetido, su ilusión está puesta en el momento en que nos lo encontramos -o mejor dicho, nos encuentra- en la investigación literaria. Y en este camino descubre, o tropieza, casi por casualidad, con otro personaje, el fundamental en toda la trama documental de Mala gente que camina, una novelista, Dolores Serma que, a pesar de haber compartido amistad y vivencias con personajes importantes de la literatura, es una escritora olvidada, y autora de una única obra, Óxido, que ella misma publicó, sin éxito, y de la que no se conocen ejemplares, salvo el que llega a manos de Urbano. A éste, la obra, narrada como una pesadilla, le impacta y se decide a investigar a su autora, una mujer contradictoria, pues su novela, casi surrealista, es una -así la entiende el profesor- denuncia atroz al robo de niños a madres republicanas y encarceladas. Mientras tanto, Dolores vivió durante toda su vida formando parte del régimen que denunciaba, y se creó una especie de caparazón, una biografía falsa hasta conseguir su objetivo, recuperar al hijo de su hermana. Para ello pasó a formar parte del Auxilio Social, creado por Falange y entabló y cultivó la amistad con personalidades de la política.
Ante estas informaciones, Juan Urbano decide realizar una investigación sobre la novelista, cuya obra le ha cautivado tanto como su biografía, y se embarca en un trabajo de documentación que se convierte casi en una investigación policial que, en cierto modo, intenta evocarnos la novela negra y a sus pintorescos detectives. Y la indagación no es otra cosa que la traslación a la novela del trabajo de investigación realizado por Benjamín Prado durante cuatro años, años de búsqueda documental y de lecturas de muchos libros y ensayos sobre la posguerra española. Esto lo refleja manifiestamente Prado en la relación de episodios, citas, y bibliografía, siempre en boca del personaje, Urbano, más propio de las referencias de un ensayo que de una narración. Hasta el punto de que, según yo la he percibido, se mezcla de tal modo la historia y la novela que, en cierto modo acaba si no confundiendo, sí enredando un poco al lector. Me voy a explicar algo más: la aparición de aquello que Prado en realidad se nos ha propuesto contar lo encaja de tal modo en la cotidianeidad que parece que nos está relatando una historia. Pero el objetivo del autor de este libro, a mi modo ver, es mostrarnos los hechos, la historia real y no la novelada. Y al adornarlos demasiado, la biografía del protagonista del libro ocupa un lugar excesivo. Porque, en realidad, él no es nada más que un narrador de hechos que han sido minuciosamente documentados por Benjamín Prado.
Y en este sentido, a mí personalmente, esta obra se me ha hecho algo larga y pesada. Su éxito quizá está en que consigue estimular al lector, impresionar con tanto horror. Es también, probablemente, un modo de llegar a más público. Pero igualmente esto la llega a hacer asfixiante. Y el engranaje de las apariciones, las repeticiones constantes de su protagonista, la reiteración de sus descubrimientos e ideas consiguen cansar. Y esa especie de mezcla algo mareante, de superposición de pasado y presente y de repeticiones llegan a saciar un poco y deslucen el estilo.

La información, tan dilatada y precisa -nombres, fechas, sucesos- nos la traslada Urbano de manera tan avasalladora que nos llega a abrumar y a descuidar el interés en algunos pasajes. Reconozco, por supuesto, que a lo largo de la obra se crea la pretendida intriga. Si bien es cierto que desde que aparece el personaje de Julia Serma, la hermana de Dolores, esa intriga empieza a desvelarse y el lector ya va imaginando las claves del secreto.
Y es que Juan Urbano posee un carácter algo especial. Pretencioso y algo neurótico, parece que intenta ganarse al lector con comentarios aparentemente simpáticos y bromas, que casi siempre tiene como víctimas a otros. Sus chistes e ironías parecen los de quienes no poseen la gracia ni el natural sentido del humor. Personalmente las he encontrado algo forzadas.
Es también un hombre, soberbio, egocéntrico y bastante solitario que vive, curiosamente, rodeado de mujeres: las escritoras a las que investiga, su madre, con la que vive y mantiene diarias conversaciones y acaloradas discusiones que, en cierto modo reflejan esas dos formas de entender el pasado reciente español: la mujer que ha vivido una época y calla por temor y que asiente y el hijo que manifiesta con vehemencia su oposición, que acusa y denuncia. Madre e hijo representan dos posturas contrapuestas, divergentes y cabría decir irreconciliables ante la visión de la Guerra Civil española y sus consecuencias. También aparecen su ex mujer, con la que mantiene una buena relación y a la que apoya cuando lo necesita y su amante, que es precisamente la figura que le descubre a la escritora que provoca todo el entramado de la obra. No faltan otras mujeres, más distanciadas de su vida, que aparecen de paso, como su compañera de instituto o una azafata en un avión, a quienes Juan Urbano no trata demasiado bien con sus opiniones. Personajes masculinos, además de algún colega, solo hay dos: el dueño del restaurante que frecuenta diariamente -parece que es uno de los pocos hombres con quien se entiende- quizá por su origen, es uruguayo, o por su historia, tan cercana a los hechos que investiga Urbano, que le permite incorporar episodios comparables en las dictaduras más recientes de algunos países de América del Sur. Y el principal, el hijo de Dolores Serma la escritora y marido de su amante.
La excentricidad de Urbano se manifiesta, entre otros detalles, en sus gustos exquisitos, casi sibaritas. Come a diario, cuando lo hace, en un pequeño restaurante, pero siempre con una botella de Château Cantemerle, un bordeaux de la región francesa del Haut Médoc. Se permite, entre otras muchas cosas, criticar a quienes cuando viajan vuelven hablando de comidas y de un cierto turismo culinario, que considera vulgar, y él nos proporciona el menú diario del restaurante y la receta de cada cena que hace con su madre, eso sí, gastronomía macrobiótica aprendida de su ex mujer, propietaria de un restaurante cuya alimentación equilibrada, se basa en la espiritualidad. Y además, está la que al final del libro parece convertir en costumbre: seducir a las madres de sus alumnos. Demasiadas extravagancias para un solo personaje.

Al margen de esta digresión sobre el protagonista que, evidentemente, no ha gozado de mi mayor simpatía -bueno, es solo cuestión de gustos y caracteres-, Mala gente que camina, y ahí está la verdadera importancia de la novela tiene, o eso creo, como principal objetivo, rescatar una parte importantísima de nuestra historia, de la historia del país y de muchas historias familiares y personales y no permitir su olvido. Destapar unas páginas absolutamente silenciadas y hacer que el lector se enfrente a ello y aún más, que tome partido. Es fácil tomarlo, sin duda, pues solo se puede estar de un lado.
La creación del personaje de Juan Urbano, no sé si es anecdótica, si es la necesidad, por afecto o agradecimiento, de aportar una vida a su personaje de ficción y acompañante periodístico o quizá un recurso considerado necesario. La de Dolores Serma, la escritora, es el medio para presentarnos una época y unas vidas llena de sombras y de miedos, hasta el punto de que, con tal de salvar a su hijo del estigma de su origen reniega de parte de su pasado y disfraza toda una vida, finge su vida entera. Y el sobrino-hijo de la escritora se convierte contradictoriamente en el ejemplo de los herederos de aquella parte de la historia que se ha querido olvidar. Es ahí donde encuentro la paradoja de toda esta historia, el contrasentido: que él es también producto de la educación de su madre que, a pesar, de todo, siguió con su actuación hasta el final. ¿Quizá por miedo? ¿Por vergüenza tal vez?
En el interés intelectual de Juan Urbano hacia las mujeres escritoras de una época determinada, la posguerra, me ha parecido encontrar un cierto y velado homenaje a las mujeres que se arriesgaron a publicar sus obras en esos años, que se atrevieron a crear y a opinar. Y también, por qué no, una llamada de atención sobre el papel de los intelectuales ante el poder. Algo con lo que Prado, con este libro, participa. Pues se posiciona y delata un episodio negativo de la historia.
Se tiene la impresión de que novelistas como Prado y otros coetáneos, pertenecientes a una generación que no ha vivido estos sucesos pero que encuentra referentes en su memoria, encaran estos episodios de la historia nacional con la perspectiva histórica de los años transcurridos y también con referentes culturales y sociales, con claves literarias, distintas a aquellos que les precedieron y que, como la madre de Juan Urbano, coexistieron con ellos. Una diferencia entre generaciones que da distintos resultados literarios y que les permite también posicionarse. Y, sin alejarse de la narrativa de su tiempo, de carácter más intimista e introvertido, quizá con temas más íntimos y personales, penetran en sucesos arrinconados y sacan a la luz historias reales. Y en mi opinión, Mala gente que camina, se dirige a esta exploración de la memoria desde el punto de vista histórico, a la revelación de los hechos reales, y a una recuperación del pasado más o menos conocido. En definitiva, es una reclamación contra el olvido y la impunidad. Sin duda, una postura noble ante la literatura.





