Llora la música sus notas mojadas que llenan y empapan, que conmueven.
Suena la música plácidamente, a veces, casi silenciosa, resbalando mejillas abajo, como quien riega un paisaje conocido. Sutil, placentera, cargando sensaciones.
Pero también, sube como un destello, como un tormentoso torbellino rebosando pasión. Como cascada. Rabiosa melodía. Y la música canta.
A veces nos parece que va llorando siempre con sus notas oscuras, y sus señales negras en las líneas tan rectas del ordenado, exacto y lineal pentagrama.
Hay otras que se salen a los márgenes blancos del papel, y del aire. Y se vuelven de luz, de agua, de viento, de cuerda y de canciones, de sonidos sutiles, vibrantes o afligidos cuando tocan el cielo y también a nosotros.
Cuando llegan al alma que callada las oye, y cuando forman parte del aliento y el tono, ese que tomamos para emocionarnos. O llenar nuestras vidas, que viene a ser lo mismo.
Llora la música, canta, vibra, susurra y suena y llena nuestros tiempos con sus tonos más o menos graves, más o menos claros, más o menos intensos, más o menos tibios, más o menos vivos.
Con sus notas y sus tonos coloridos y sonoros. Y nos adormece. Y nos alegra. Y nos acompaña.