
Este mes de mayo ha llegado, ya, anunciando el verano. El calor parece que se nos ha adelantado y quizá no retroceda. Y hace casi una semana que nos invade el viento de levante. Ese viento que entra, cargado de polvo, por todas las rendijas, por todas las puertas, y que se nos cuela dentro. Que desmadeja los cuerpos y aturde las mentes, que nos decae, nos apoca. Y esta vez ha venido con rabia.
Aunque todos sabemos de su necesidad, cuando el levante llega con fuerza y para quedarse nos auxiliaría la lluvia. Y los cuerpos y los ánimos agradecerían un chubasco salvador que limpiara el aire, que lavara y escurriera el polvo y que ofreciera estímulo y aliento a las personas. Ese esperado chubasco que tan bien sienta. Y quizá por eso me he acordado de la lluvia y he evocado el olor al ambiente recién mojado, confortador y estimulante. Y lo he hecho con una inexplicablemente alegre nostalgia, con una añoranza sin tristeza, convertida solo en deseo. En deseo, quizá, de parar un momento y retomar impulso.

Oigo la furia del agua en mi tejado y las gotas que vuelan, y corren, a estrellarse en mi ventana. Me gusta la lluvia desde dentro de casa, y el temporal si estoy a resguardo. Ese olor que acompaña mojándonos por dentro, su sonido insistente acompasando el tiempo. Y la luz que se vela de color blanquecino con destellos metálicos, desde el oro al estaño. O el golpe del diluvio, como aguja punzante, calar el azabache oscuro de la noche. Sí, oigo, y veo, la rabia del agua en los cristales mientras estoy segura. Me empapo de reposo… Y cierro los ojos. (Mayo, 2013-2014)




