LLUVIA

Tejados de Van Gogh
«Vista de los tejados de París», 1886. Vincent Van Gogh.

Este mes de mayo ha llegado, ya, anunciando el verano. El calor parece que se nos ha adelantado y quizá no retroceda. Y hace casi una semana que nos invade el viento de levante. Ese viento que entra, cargado de polvo, por todas las rendijas, por todas las puertas, y que se nos cuela dentro. Que desmadeja los cuerpos y aturde las mentes, que nos decae, nos apoca. Y esta vez ha venido con rabia.

Aunque todos sabemos de su necesidad, cuando el levante llega con fuerza y para quedarse nos auxiliaría la lluvia. Y los cuerpos y los ánimos agradecerían un chubasco salvador que limpiara el aire, que lavara y escurriera el polvo y que ofreciera estímulo y aliento a las personas. Ese esperado chubasco que tan bien sienta. Y quizá por eso me he acordado de la lluvia y he evocado el olor al ambiente recién mojado, confortador y estimulante. Y lo he hecho con una inexplicablemente alegre nostalgia, con una añoranza sin tristeza, convertida solo en deseo. En deseo, quizá, de parar un momento y retomar impulso.

Lluvia tras los cristales.
Día de lluvia.
Oigo la furia

del agua en mi tejado

y las gotas que vuelan,

y corren, a estrellarse

en mi ventana.

Me gusta la lluvia

desde dentro de casa,

y el temporal

si estoy a resguardo.

Ese olor que acompaña

mojándonos por dentro,

su sonido insistente

acompasando el tiempo.

Y la luz que se vela

de color blanquecino

con destellos metálicos,

desde el oro al estaño.

O el golpe del diluvio,

como aguja punzante,

calar el azabache

oscuro de la noche.

Sí, oigo, y veo, la rabia

del agua en los cristales

mientras estoy segura.

Me empapo de reposo…

Y cierro los ojos.


(Mayo, 2013-2014)
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