Hay días de otoño
en que bastaría cerrar los ojos
para que la tierra
nos hiciera un hueco a nuestra medida
y nos recogiera eternamente.
Días, en que las nubes llorarían
silenciosas y lentas, y oscuras,
para despedirnos.
Hay días de otoño
en los que esperamos
una sola palabra de ternura
para no morir.
Hay días de otoño,
en que a pesar de los primeros fríos,
de las cadenciosas hojas
y los ocasos violetas,
a pesar de las mañanas soleadas
y de las tardes lluviosas,
del arrullo ronco del mar
y de toda la belleza
que puede caber en el mundo,
nos sentimos demasiados solos
para no morir.
(1999)