CÓMPLICE LA MAR

Qué triste destino el del mar.
Acumular en su océano 
tantas tristezas ajenas
y hacerlas suyas.
Confundir entre sus saladas aguas 
tantas lágrimas
y no ser capaz de distinguirlas
de su misma esencia, de su propio ser.

Qué triste destino el del mar.
Y, en cambio, qué satisfacción
servir de reposo a tantas almas 
que dejan en él sus más hondas soledades,
y que las sienten compartidas, 
al menos, el tiempo que dura, 
simplemente,
el estallido de una ola, de un ocaso,
la caricia mojada de una orilla.
Sólo eso, merece ya, ser el centro
de un horizonte infinito de soledades.

Pobre de la mar, que no tiene a donde mirar
si no es al horizonte, 
infinito y lejano, callado,
o a la orilla donde rompe,
en la que sólo estamos nosotros
con nuestras tristezas, esperándola,
para entregárselas todas y aliviarnos.

Pobre de la mar,
que no tiene quien comparta 
con ella sus dolores
y sus remordimientos más íntimos 
y más insufribles,
de tantos naufragios, 
de tantos ahogados, 
de tantas penas.

(1991-2012)

Orillas

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