
El Papa acaba de morir. De manera inesperada, la sede papal ha quedado vacía, pero no puede estarlo por mucho tiempo, así que hay que elegir un sucesor cuanto antes. La persona encargada de organizar el cónclave y velar por la mejor elección es el cardenal decano Lawrence (en una magistral interpretación de Ralph Fiennes). Así lo ha previsto y ordenado el pontífice recién desaparecido. Una misión compleja y llena de responsabilidad.
En resumen, este es el argumento de la película Cónclave (2024), del director alemán Edward Berger.
El hombre elegido para este complicado proceso se siente abrumado en un primer momento, no se lo esperaba, pero, además viene revisando su fe tras un tiempo de vacilaciones y, sobre todo, de incertidumbres sobre el papel de la Iglesia como gran institución en el engranaje de la política. Pero como hombre honrado y leal a aquello que representa hará su trabajo, con todas sus consecuencias y lo mejor que sepa y pueda, hasta el final, e intentando descubrir qué es lo que hubiera querido el Papa fallecido.
Teóricamente, en el seno de la Iglesia sería el Espíritu Santo el encargado de dirigir esta elección a los cardenales, pero la realidad es mucho más material y complicada y queda en manos de los hombres. Entre ellos, un nudo de maniobras secretas y maquinaciones, y de ambición y codicia dentro de la curia, convertirá el relato en un filme de intriga, casi detectivesco.

Durante el proceso de elección se obliga al aislamiento total de los cardenales con el mundo exterior e incluso el mínimo contacto entre ellos mismos, pero no siempre se cumple esta regla y los secretos, que se acabarán descubriendo, y la ambición de poder, que es lo que se juega en esta asamblea, se convierten en los verdaderos protagonistas de la historia. Una ambición que no es exclusiva de la religión ni de la Iglesia, eso lo sabemos, por supuesto.
Cuando las puertas de la bellísima capilla Sixtina se cierran, sólo los que quedan dentro, ciento veinte cardenales, saben lo que pasa y un voto de silencio les impide hablar. Aun así, los cardenales tienen sus propios auxiliares que les comunican con el mundo exterior. Pero allí dentro, también cada uno de los personajes, de forma individual, manifiesta sus pasiones, sus ambiciones y también sus antipatías y rencores, lo que reflejan también en su voto. En definitiva, todos ansían el poder. Sólo algunos son favoritos y será entre ellos donde se exterioricen estos sentimientos.
El proceso de la elección es difícil, incluso largo, y durante el mismo se harán visibles la corrupción, ambiciones y escándalos, en definitiva, las miserias escondidas -que se juzgarán y crecerán en las habitaciones y pasillos del Vaticano-, entre los partidarios de los distintos bandos que quieren hacerse con el sillón papal, con el poder. Incluso en un momento se rompe la votación por un ataque terrorista, que aprovecha el candidato más reaccionario para hacer un discurso xenófobo y un ataque al Islam. Porque en la película hay dos bloques claramente definidos, uno reaccionario y otro progresista, representados sólo por los protagonistas, tres o cuatro cardenales. Los demás miembros de la curia son un coro que canta dependiendo de la corriente.

El mediador encargado de dirigir el cónclave se acabará convirtiendo casi en un detective, pues honesto y nombrado por el antiguo Papa, quien fue respetado y progresista, su rectitud, a medida que avanza la historia, le hará sentirse cada vez más solo, debiendo romper hasta un secreto de confesión.
Se acabará desarrollando una batalla entre dos o tres contrincantes, porque el cardenal Lawrence (Ralph Fiennes), no está solo en la película. Le acompañan grandes actores que juegan un papel no esencialmente secundario: el cardenal progresista Aldo Bellini (Stanley Tucci), el intrigante y codicioso cardenal Tremblay (John Lithgow), el reaccionario y muy conservador, cardenal Tedesco (Sergio Castellitto), el africano cardenal Adeyemi (Lucian Masmati), misógino y protagonista de un delito sexual, el cardenal Benítez (Carlos Diehz) que los sorprende a todos con una presencia no esperada y tomará peso en la última parte de la película, y también la hermana Agnes (Isabella Rossellini) directora de la residencia. Todos ellos destacan en la película con una interpretación magnífica, soberbia. Además, otros actores menos presenciales son el arzobispo Janusz Wózniak (Jacet Koman), asistente del último Papa, monseñor Raymond O’Malley (Brían F. O´Byrne), asistente y secretario de Thomas Lawrence; o los cardenal y arzobispo, respectivamente, Sabbadin (Merab Ninidze) y Mandorff (Thomas Loibl). Todos, sin excepción, juegan un papel destacado en la intriga y desenlace. Y la elección de un aspirante u otro puede hacer retroceder o avanzar a la Iglesia.

Muchos se creen merecedores de dirigirla y la lucha estará en procurar ser elegido e imponer sus opinión y doctrina, desde los avanzados y aperturistas, aunque con muchas limitaciones, hasta quienes quieren hacerla retroceder años e incluso siglos rompiendo la línea más abierta establecida por el pontífice recién fallecido.
Las investigaciones envueltas en una delación y rencores desvelan un delito sexual de años atrás que le impedirá salir elegido a uno de los favoritos. Lamentablemente esto es noticia común en el ámbito de la sagrada institución, pero en este caso también parece influir la raza del candidato, pues difícilmente podría ser elegido un papa negro, africano, y se encuentra su secreto. Además, este escándalo, tan común por otro lado, esta revelación, está poniendo claramente en duda el voto del celibato, algo que se viene discutiendo desde hace mucho y que otras iglesias cristianas fuera de la católica han superado.
Toda esta historia de intrigas, maniobras e investigaciones se desarrollan en despachos, dormitorios, comedor de la residencia, y en rincones oscuros y perdidos, pero también, y es lo más impactante y estético de la película, en grandes espacios abiertos y vacíos: pasillos, grandes escaleras, patios inmensos, una arquitectura bella, rica, solemne y abrumadora, y signo de poder, que se culmina en la única y espectacular capilla Sixtina bajo los frescos de Miguel Ángel, pinturas que a veces ocupan un primer plano y que están cargadas de pasiones y humanidad.

Quizá, para mí, las mejores escenas son las de las reuniones del cónclave, con un espacio lleno de personas perfectamente ordenadas y, más aún, lo muchos momentos de soledad en las que aparece el protagonista, cardenal Lawrence, único habitante de enormes pasillos y lugares y, sobre todo, me han impactado aquellas tomas en las que se presenta de espaldas ante un gran espacio, solo, cavilando y seguramente con muchas dudas sobre cómo encontrar la salida del cometido que le ha sido encomendado. Porque son precisamente la duda y también el secreto, los verdaderos protagonistas, -también los silencios, las palabras y el poder-, de esta historia a los que se ha dado forma humana.
Precisamente sobre las dudas trata su homilía a los cardenales antes de comenzar las votaciones, la duda sobre y ante las certezas, porque es ella la que nos hace pensar, avanzar y progresar a pesar de nosotros mismos. La vacilación que todos llevamos dentro. Una duda que quizá él no podrá soportar al final del filme.

La deliberación se hace cada vez más difícil y llega a un punto que parece que no tiene salida, seis fumatas negras y no hay acuerdo.
Y ya llegando al final de la película hay que aclarar la trama y deshacer la intriga. El tiempo va pasando y el filme tiene dos horas de duración. Y será precisamente la única mujer protagonista, la inteligente, observadora y callada hermana Agnes, la que ayude a desentrañar la maniobra del intrigante y ambicioso cardenal Tremblay. Porque, como ella misma dice, las monjas son invisibles, pero tienen ojos y oídos. La aportación femenina a la Iglesia, desde luego está infravalorada y el feminismo, que también encierra el guión, aparece por primera vez y se hace palpable en esta frase de la hermana.

Se van revelando secretos que únicamente conocía el Papa difunto y que solo con la declaración de una mujer y rompiendo ciertas normas, consideradas sagradas, el decano ha podido desvelar: traicionando la confesión de una monja o violando el lacre del dormitorio papal. Podemos incluso llegar a pensar que el Santo Padre que acaba de morir ha puesto a todos los cardenales a prueba y, sobre todo, al tutor, un personaje que se va desinflando y envejeciendo a lo largo de la película.
Al final, será el recién llegado, la persona que nadie esperaba y que aparece casi por casualidad por deseo del Papa fallecido, alguien aparentemente inocente y fuera de los juegos de poder, un hombre que ha vivido alejado de las altas esferas de la Iglesia, el elegido para gobernar la Santa Sede. Significativo será el nombre que elija para ello, Inocencio, el XIV.
El cardenal Lawrence y toda la curia lo apoyará. Pero este hombre guarda también un secreto, tan solo conocido por el antiguo Papa. Y este último secreto, al conocerlo, deja desilusionado a Lawrence, pues de haberlo sabido se supone que no hubiera consentido su elección. Desde luego, el conjunto de cardenales lo hubiera considerado poco conveniente e incluso irreverente. Pero su trabajo está hecho, ha acabado. Y, aunque desilusionado, ha quedado terminado.
Y es que el nuevo Papa es una persona intersexual, hermafrodita, y aunque en otro tiempo ha padecido por ello, finalmente lo ha aceptado, se ha aceptado como es. Es decir, tiene una parte femenina, incluso físicamente. Esta puede ser también otra especie de denuncia de la película a la incorporación de la mujer a la Iglesia católica que, como en el caso del celibato, ya ha sido aceptada por otras. Y posiblemente es el lado que le falta para modernizarse, humanizarse y crecer. Porque aquí parece quedar destacada la importancia del lado femenino, la unión y acuerdo, la igualdad y situación en el mismo nivel entre el hombre y la mujer también en el seno de la religión.
La mujer, lo femenino, aparece en segundo plano, pero resulta muy relevante para terminar la historia. Un final un poco extraño, insólito e inesperado, desde luego, pero creo que se trata de un juego con sorpresa del argumento cargado de simbolismo. Si la iglesia quiere regenerarse, progresar, limpiarse, deberá dejar entrar a la mujer y lo femenino, y no solo como espectadora. Esta última revelación nos hace pensar que incluso es posible que el santo padre recién desaparecido estuviera ideológicamente más avanzado que todos los cardenales y hubiese preparado, de algún modo, la resolución del cónclave.
Pero el cardenal Lawrence no cree que haya cumplido con su función para con la Iglesia. No cree que su trabajo haya terminado como esperaba, impecable, y piensa que en algún momento se ha equivocado.

Después de ver como las fumatas negras aparecían en el aire en las imágenes anteriores de la película, el definitivo humo blanco no se ve, sólo se oyen las voces y el griterío de la multitud que esperaba la resolución. El cardenal está ahora más solo que nunca, desilusionado, quizá apesadumbrado y puede que, pensando, o creyendo, que él mismo hubiera sido mejor elección.
El algún momento se ha dejado entrever cierta disposición para ello e incluso parece que cede, pues ya no confía en nadie, los más cercanos también han claudicado, e incluso aceptado sobornos.
La corrupción, los temas sexuales, la xenofobia, el racismo y el odio a otras religiones están presentes y hay quienes no están en absoluto de acuerdo con ello y piensan que hay que cambiarlo, pero cuando hay que luchar para hacerlo preferimos el mal menor antes que rebelarnos, en definitiva, “que sea lo menos malo”.
El nuevo Papa, nuevo en todos los aspectos, pues era también desconocido, ya cuando llega de improviso parece anunciar que tendrá un papel importante en esta historia, que queda reservado para el final. Y Lawrence, ante su ignorancia da la impresión de que queda decepcionado por no ser él el elegido, ese ego interior que todos llevamos dentro y que queremos disimular ante nosotros y los demás y que aparece, en algunos casos manifiestamente desde el principio, en otros disimuladamente con honestidad y buena voluntad, pero sigue estando, forma parte del sentimiento humano.
Así que, en la última escena, no queda claro si piensa que él hubiera sido la mejor elección y se ha desilusionado o que, en el fondo, ha quedado definitivamente liberado.

Pero el secreto ha de permanecer guardado porque en el fondo parece que sólo se admite a alguien diferente si no se ve, si nadie se da cuenta de ello. Y esa diferencia no está en la piel, ni en las opiniones e ideas que expresan las palabras, está mucho más oculta, dentro de uno mismo. Y solo así la diferencia, escondida, secreta y disimulada, puede ser aceptada.
Del director alemán Edward Berger, el film opta, entre otros premios a seis nominaciones en los Globos de Oro y la Asociación de Críticos Norteamericanos le ha concedido el galardón al mejor reparto, sin duda merecido. El guión de la misma es de Peter Straughan sobre una novela de Robert Harris. Destaca también la bien elegida música del alemán Volker Bertelemann, que a fin de no acudir a temas que podrían acercarse a lo religioso, ha experimentado con instrumentos poco conocidos, como el denominado Cristal Baschet, un cristalófono que se toca con las manos mojadas.
Críticos de renombre como Carlos Boyero, consideran el final como un verdadero y vacío disparate. Desde luego es inesperado, insólito, raro y puede que controvertido, pero también, desde mi punto de vista, como he comentado, es una metáfora. Y este inesperado final puede parecernos timorato, hasta ñoño, y también, por qué no esperanzador ¿Acaso en la curia se ha presentado alguien diferente, un ángel? Eso no lo sabremos.

Imágenes de la película «Cónclave»
Hace doce años, en 2012, publicaba en este mismo blog una reflexión sobre otra película que me ha venido al recuerdo, como no podría ser de otra forma. Se trataba de Habemus Papam de Nanni Moretti (2011). Quizá porque son dos versiones muy distintas de un mismo episodio, la formación del cónclave para elegir un nuevo Papa: en la película italiana hay humor y divertimento, las imágenes son claras, luminosas. En esta alemana todo es cerrado, el secretismo y las dudas lo ocupan el tiempo y el espacio. Allí los cardenales se divertían jugando al fútbol, aquí maquinan mientras fuman. En aquella había un indeciso pero claro sucesor, en esta se disputa una sucesión. La versión amable de los hechos pasa a ser la intrigante. La de Moretti nos parece mucho más humana, en el sentido afectuoso de la palabra, con protagonistas sencillos, entrañables e incluso inocentes. A lo mejor también más confiada y simple, quién sabe, aunque Moretti nunca lo es.
En Habemus Papam, por una jugada del destino o de la suerte, el protagonista sale elegido casi por casualidad, después de muchos intentos, pues hay que acabar también y el escogido queda totalmente desorientado, pues él no venía a ser Papa sino a cumplir con su función de cardenal. Y no entiende lo que le ha pasado, no lo cree y no lo quiere, no puede cargar con el peso de esa responsabilidad. Y aunque respetado por todos, la angustia y el miedo ante lo que le espera le llevan a la huida y la deserción. No tiene ambición y no puede con la carga que le han impuesto.
En la versión de Berger no existe la amabilidad, pues lo que en fondo refleja el filme con esos más de cien hombres reunidos para un fin, muchos de ellos también ancianos, es la corrupción, la avaricia, la codicia y el egocentrismo y afán de poder. Y la dominación de cualquier gran institución, en este caso, muy rica y poderosa, para gobernar a los hombres y sus almas, es decir, los pensamientos de todos ellos.





Agradezco la entrada, pero tuve que dejar de leerla porque me estabas contando más de lo que quisiera yo saber antes de ver la película, jeje. Por cierto, no me han llegado ninguno de esos mensajes de correo tuyos 🤔, así que te dejo otra dirección.
Lo entiendo, Miguel. Ciertamente, si tienes intención de ver la película, que te la recomiendo, desde luego es mejor que lo dejes por ahora, porque te reventaría el final y perdería interés la historia.
Así que espero que más adelante me des tu opinión sobre ella.
Con relación a los comentarios, creo que debes ir directamente a las entradas del blog para leer las respuestas.
Y, ya sí, te incluyo entre los usuarios para que te vayan llegando las incorporaciones. Muchas gracias y un feliz año 2025.
Un abrazo
Estaba deseando ver la película para poder leerte, Mercedes, porque tus siempre acertadas opiniones, me dicen mucho de ti y de lo que nos rodea. Es una gran película y una buena crítica y análisis el tuyo. He disfrutado leyéndote y he aprendido, porque lo que dices y tu manera de decirlo me enseñan y a la vez, me haces fijar mis propias opiniones de lo que he visto en la película. Estoy totalmente de acurdo en todo y son muchas las cuestiones que me han llamado la atención y que tú has ido comentando. Pero para mí hay algo muy interesante e importante, y ha sido lo referente a la duda y la certeza. Porque normalmente la duda tiene muy «mala prensa», pero es muy necesaria para comprender y conocer a nosotros mismos y a los demás, y la certeza, esa seguridad hacia algo, es a veces la razón de la división y el enfrentamiento. Una reflexión, como otras tantas de la película y de tus comentarios, que me han hecho pensar. Muy acertada tu crítica sobre Habemus Papam, para volver a leerla. Muchas gracias y besos, amiga.
Buenas noches, Isabel. En primer lugar, muchas gracias, como siempre, por tus palabras tan alentadoras. Ya sabrás que lo que suelo hacer no es una crítica, no me siento capacitada para hacer una crítica de cine, pues no tengo conocimientos para ello, pero sí me gusta hacer una reflexión. Algunas obras, películas en este caso, como ésta de «Cónclave», me hacen y al mismo tiempo me ayudan a reflexionar y repensar algunas cosas. Y ha sido el caso. Me alegro de que te haya gustado mi comentario y de que coincidamos. Y creo que has dado en el clavo con respecto a la duda. Es una de las protagonistas principales de la película en muchos aspectos, desde el principio hasta el final, que creo que, de alguna forma, refleja la «gran duda», la perplejidad de ese desenlace. Pero la duda es importante. Todos dudamos cientos de veces al día sobre pequeñas y grandes cosas: incertidumbres, vacilaciones, temores, indecisiones. La certeza absoluta no es buena consejera. Como bien sabes, la Historia lo demuestra. Gracias por tu comentario y un fuerte abrazo.