PERO QUÉ BURRO

Cartel de la obra «Burro». Imagen «Ay Teatro»

En el escenario, probablemente en un establo o cerca de él, pues sólo lo llenan unos tablones y unos cubos que semejan pacas de paja, o quizá fuera, en el campo, en un lugar completamente vacío donde ya no queda nadie, un hombre burro o un burro hombre se queja de la situación de todos los asnos desde hace seis mil años. Y solo puede hacerlo con su única compañía, su sombra. Mientras el animal, atado a una estaca por un arnés, y sin poder soltarse ni defenderse, cuenta la historia de su especie desde el punto de vista humano, un incendio forestal amenaza con acabar con su existencia.

La escena a la que me he referido más arriba es la primera del XXXIII Festival de Teatro de Comedias, que viene organizando la Concejalía de Cultura de El Puerto de Santa María y que, felizmente ha vuelto a su escenario de origen, el patio porticado de colegio San Luis Gonzaga.

Carente de razón y de habla, el animal solo puede dirigirse a su sombra, su sola compañía, a la única que puede oírle y entenderle, pues es compañera, es acoplamiento, es complemento, pero es también antagónica y, a veces, ella no lo entiende y se vuelve contra él, porque la sombra es ambigua, siempre acompañándonos, siempre pegada a nosotros, pero también, fugitiva, y en ocasiones nos abandona arrimada al sol que más calienta.

Con las sombras juega también esta obra, pues son otras, las que se proyectan en el fondo del escenario en algunas de las escenas, verdaderos dibujos chinos bellos y llenos de intención.

Completa, por cierto, el escueto decorado una pantalla con su propia silueta, representada por dos grandes orejas de burro que a veces se remata con un cuerpo, un cuerpo similar al suyo.

En el escenario todo parece sencillo, pero no lo es, texto y escenografía están perfectamente encajados y estudiados por Álvaro Tato y Yayo Cáceres, los pilares de Ay Teatro, junto con Daniel Migueláñez en la ayuda de dirección.

Si el pasado año, en este mismo festival, la compañía Ay Teatro nos deleitó con una recopilación magistralmente adaptada de las obras de Jean-Baptiste Poquelin en Vive Molière, este lo hace también de manera soberbia con la literatura burril.

El protagonista, que es Carlos Hipólito, lleva adelante un monólogo que no es exactamente un soliloquio, pues en algunos momentos está muy bien acompañado por Fran García (percusión), e Iballa Rodríguez (flauta travesera), músicos y actores también, y por Manuel Lavandera, músico (guitarrista), así lo siguen tanto verbal como musicalmente. Él es el burro, y en una interpretación magistral, recorre la historia de la mitología, las fábulas, los refranes, las tradiciones, los insultos, menosprecios y, sobre todo, la historia de la literatura en la que aparece como protagonista o personaje el burro, el asno, borrico, jumento, pollino, garañón, onagro, rucio, rucho…

Se trata de una tragicomedia con escenas cómicas, pero también duras y tristes, que solo puede terminar elevando la existencia de este animal con la mejor obra escrita desde el amor a un burro muy especial y con nombre propio, Platero, con un colofón verdaderamente conmovedor en el que aparece un protagonista secundario, Juan Ramón Jiménez, el poeta que dio nobleza y alma a un pequeño jumento, liberando a toda la especie de la miseria a la que siempre se ha visto condenada.

Y algo así pretende esta obra, una liberación, un ajuste de cuentas y un merecido homenaje a un animal siempre fiel y al servicio del hombre. Desde épocas muy remotas pasando por Las Fábulas de Esopo y Samaniego, Las Metamorfosis de Ovidio, El Asno de oro de Apuleyo, El sueño de una noche de verano y Romeo y Julieta, de Shakespeare, Disputa del asno de fray Anselmo de Turmeda, la anónima Misa del asno, La burromaquia, de Gabriel Álvarez de Toledo, El testamento del asno, Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, Los caprichos de Goya, con un guiño también a las artes plásticas, los refranes de todas las épocas, los castigos escolares, el carnaval, etc. Hasta llegar a Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, colofón entrañable, tierno y bello homenaje al autor y al protagonista de su libro. Todos los textos están increíble y perfectamente trabados y encajados, también con la música, en sintonía, sin ruidos y con ritmo.

Por cierto, el fuego que se acerca está bellamente representado por una sencilla pero perfecta coreografía con cintas del color de las llamas a cargo de Iballa Rodríguez.

El burro, el actor en este caso, se nos aparece al mismo tiempo como víctima, narrador, evocador, juglar y fabulador, realizando una profunda reflexión dirigida a los humanos, desde lo sentimientos más altos a los más rudimentarios, de la ironía a la emoción.

Magníficamente interpretado, especialmente por el burro protagonista Carlos Hipólito, de quien no nos sorprende su maestría en el escenario, pero sí que hemos descubierto su aptitud musical, pues en la obra canta y muy bien, y, por descontado los gestos y sonidos onomatopéyicos interpretados de manera soberbia. La impresionante voz, en este caso voces, del protagonista y la música son un tándem perfecto para rescatar y redimir a este animal noble, dócil, aunque testarudo, fiel y trabajador, de seis mil años de vejación, en una época en que ya no son tan necesarios para el trajín cotidiano del humano. Quizá por eso ya puede desahogarse, ya puede morir. De algún modo la muerte de este sencillo animal nos está también alertando de la muerte de la naturaleza, que el humano está provocando con el mismo abandono que el animal atado y sin defensa.

Una obra, en definitiva, que hace pensar sobre el trato y menosprecio animal en muchos sentidos y que verdaderamente nos toca el sentimiento y conecta con el espectador y a ratos lo divierte. Una metáfora y un símbolo al mismo tiempo de la relación entre el hombre y el animal y el primero con el entorno.

Para terminar este comentario me gustaría referirme a otra poeta que amó a los animales y también al burro, como expresa en un personal y sencillo poema. Me refiero a Gloria Fuertes y al poema “Pobre burro”:

El burro nunca dejará de ser burro,
Porque el burro nunca va a la escuela.
El burro nunca llegará a ser caballo.
El burro nunca ganará carreras.
¿Qué culpa tiene el burro de ser burro?
En el pueblo del burro no hay escuela.
El burro se pasa la vida trabajando,
tirando de un carro,
sin pena ni gloria,
y los fines de semana
atado a la noria.
El burro no sabe leer,
pero tiene memoria.
El burro llega el último a la meta,
¡pero le cantan los poetas!
El burro duerme en cabaña de lona.
No llamar burro al burro,
llamarle “ayudante del hombre”
o llamarle persona.

La obra “Burro”, le hace llegar el primero a la última meta.

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2 respuestas a PERO QUÉ BURRO

  1. Isabel Pérez Sánchez dijo:

    Hola, Mercedes, eres excelente haciendo comentarios y reflexiones sobre películas y obras de teatro. Los espero porque disfruto y aprendo mucho contigo. Me has vuelto a sorprender con tu buen análisis crítico que has realizado con «Burros».
    ¡¡¡Qué buena eres!!! Un abrazo, amiga

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