Una noche pude ver
a Saturno con su anillo.
El suelo era portugués,
pero el cielo era el mismo.
Era la noche clara,
pese a la primavera
y las constelaciones
parecían perseguirnos.
Alguien nos iba dando
sus nombres, su sentido
la situación exacta
de todas las estrellas.
Sería un hombre sabio.
sin duda, sabio era.
Yo, torpe como soy
me asomaba a la mira
de un complejo aparato,
telescopio se llama.
Solo advertía brillos
en el negro infinito.
Más infinito aún
…estaba tan distante.
Y de pronto, reacciono,
doy un giro suave,
con dos curiosos dedos
al ojo fascinante
que aguantaban mis manos:
Y surge la sorpresa,
inmensa maravilla
de luz indescriptible,
única, extraordinaria.
Y aparece, completo,
Saturno con su anillo
de aros conformado,
ancho como una senda
sideral en su torno.
Y, entonces, me doy cuenta,
no es un viejo temible
que devora a sus hijos,
no es un dios pendenciero,
es solo un lugar más,
en esta gran galaxia
donde todos estamos,
debajo de sus luces.
Es una chispa más
de este pequeño mundo
entre los mundos anchos.
Pero qué lugar ese
mirado desde el nuestro,
qué prodigio, qué asombro
visto desde aquí abajo.
Una estrella redonda,
gaseoso planeta,
una luz rodeada
por un cinturón mágico
de fluidos vapores
alianza de color verde y naranja,
Esa noche Saturno
era un prodigio más
en el cosmos inmenso,
una gran maravilla
en el mundo pequeño
que habitamos.
Una pieza, engranaje,
del tiempo y del espacio.
Y, había, bajo ese cielo
iluminado como pocos,
otro asombro, a mi lado,
la mano cálida
de mi universo propio,
pequeño pero inmenso.
Es el calor del hombre
que compartía mi sorpresa,
también era la suya
y yo la reforzaba.
Encontrar a Saturno
fue un descubrimiento
y, como otras tantas veces,
una revelación
un momento irrepetible,
y tan nuestro,
de tanta belleza compartida.
(2013)