SOBRE LA PELÍCULA EL MAESTRO QUE PROMETIÓ EL MAR

El maestro que prometió el mar cuenta el tiempo de dos años o cursos, el último, de un maestro republicano, Antoni Benaiges, destinado en los años inmediatamente anteriores a la guerra civil (1934-1935), a un pequeño pueblecito de Burgos, Bañuelos de Bureba.
Se trata de una historia real adaptada al cine. El maestro Benaiges llegaba destinado desde un pueblo de Tarragona después de haber trabajado en escuelas de Madrid y Barcelona desde 1929 en que finalizó sus estudios. En esas ciudades conoció la Institución Libre de Enseñanza y se acercó al método pedagógico freinetiano (de C. Freinet), progresista, fuera de los dogmas políticos y religiosos y centrado en la experimentación, la expresión y el texto libre en que incluía la elaboración de cuadernos que se intercambiaban con otras escuelas de distintas partes del mundo. Para ello contaban con una imprenta que tenían en clase. También en la investigación y cooperación de los alumnos como medios para su desarrollo como personas además del aprendizaje escolar. Esto fue lo que aplicó en el pueblo burgalés, en el que también participó con sus escritos en el periódico local, escritos que posteriormente fueron considerados subversivos.
Los cuadernillos que se hacían en la escuela, uno de los hilos principales de la película, significaba para los niños todos sus sueños, su futuro, pues en ellos escribían cómo veían la vida y cómo querían que fuese.


Todos ellos fueron destruidos delante del pueblo junto con la imprenta, pero Benaiges había enviado copia de ellos a su familia y éstos fueron los que se pudieron conservar. Uno, el último, realizado en el mismo 1936, se titulaba El mar, la visión de unos niños que no lo habían visto nunca. La idea surgió un día en el que el maestro les habló a los alumnos del mar y descubrió que ninguno lo conocía, que no lo había visto nunca y hasta que no lo imaginaba. Entonces se le ocurre que al terminar el curso y su destino en el pueblo les hará un gran regalo: llevarlos a ver el mar. Y, al mismo, tiempo, en el camino, descubrirían otras tierras, otros mundos, otros horizontes, incluso el tren, en el que llegarían hasta el mar. El cuaderno recoge cómo cada niño lo ve en su imaginación. El levantamiento militar y el inicio de la guerra acabaría con todas estas esperanzas, pero la luz de Benaiges quedó reflejada en las mentes y las almas de todos sus alumnos.

En un pueblo rural de aquella época en el que la infancia tenía poco recorrido, lo más importante para este maestro era que los niños fueran niños, que tuvieran sus derechos como tales y que fueran así tratados. Ya tendrían tiempo de crecer y de ser adultos, pero no les podía robar esta edad. Con paciencia, mucha dificultad, estos objetivos y sus métodos libres fue consiguiendo entusiasmar a todos sus alumnos y hasta convencer poco a poco a los padres.
Con su eterna sonrisa los contagia y va abriendo sus vidas a la luz y la ilusión de un futuro mejor. No pudo ser
Todos estos maestros progresistas fueron depurados tras la sublevación militar de 1936 con el objetivo de acabar con las ideas que consideraban contrarias al Régimen.
Uno de ellos, no sólo depurado, sino asesinado en ese mismo año recién comenzada la contienda fue este joven maestro rural.


Arriba, imágenes de la película y real (Mundo Obrero)
Tras el estallido de la guerra, como hemos comentado, Benaiges fue apresado en Briviesca, a escasos kilómetros del pueblo de Bañuelos. Es conocido que Burgos fue una provincia en su mayoría favorable al golpe militar y en ella se encontraba el cuartel general, con una importante guarnición, de la VI División ideada por el general Mola. Se trataba pues de uno de los destinos menos afortunados para un joven como Benaiges.
Así, y solo un día después de levantamiento militar rebelde, el maestro fue detenido por los falangistas en Briviesca, torturado y asesinado.
Esta es la historia real. La película surge como consecuencia de la apertura de una fosa común burgalesa, en 2010, “La Pedraja”, una zona de difícil acceso en la época, totalmente perdida, en la que se creía que estaba el cuerpo del maestro. Pero éste no apareció. Y aquí enlaza con otra historia, la de Carlos, un anciano residente en Barcelona y que tiene las secuelas de un ictus que no le permite hablar. Su nieta recibe una llamada desde Burgos informándole de que en aquella fosa podría estar el padre de su abuelo, que compartió celda con Benaiges. Una vez allí, conoce a un antiguo alumno y compañero de Carlos que la pone en la pista de la historia y le ayuda a investigar. Finalmente, los restos no aparecen pero Ariadna, que así se llama la protagonista, logra tirar del hilo para poner en pie la historia de la infancia de su abuelo, la que nunca quiso contar y que la familia desconocía. Y también la del maestro de escuela que tanta huella dejó en él y en toda la zona, así como un importante legado a la población.
Tanto es así que, actualmente, la misma escuela en la que enseñó Benaiges se ha convertido en un centro de actividades culturales en su memoria. Un sencillo y bonito ejemplo de mantener viva la Memoria Histórica

Aunque pueda parecer un término afectado, la película es preciosa, tierna y emocionante. Dura y necesaria, como es necesario que no se pierda la memoria de estas personas que solo querían hacer el bien y fueron asesinadas brutalmente, muchos de ellos en lo mejor de su juventud cuando podían aún aportar tanta vida. Y, a pesar de la dureza y el dolor, nos deja una imagen luminosa de todos ellos. El cuidado y respeto de la directora Patricia Font consigue algo tan difícil como que, al terminar de ver la película, la luz se nos imponga ante tanta oscuridad.
Impresionante actuación de Enriq Auquer, Laia Costa, Luisa Gavasa, los niños, y de absolutamente todos los actores, pero la de Auquer es, desde mi punto de vista magnífica, pues es capaz de aportar toda la esperanza que se adelanta al principio de la cinta.

El papel más feo de esta historia, no el del actor, por supuesto, sino el del personaje, quizá sea el del cura del lugar que, desde la llegada del maestro y al ser de algún modo destituido o desplazado en la formación de los niños, pierde el poder evangelizador y va creando en los padres un miedo ya latente. Hasta resulta tan desagradable y vergonzoso que parece que es la única persona del pueblo que disfruta con la inmolación del maestro. Aunque hay que decir que tampoco fue defendido por ningún vecino del pueblo, y tachado de conducta antisocial, antipatriótica y mal vista en general. Tal debía de ser el miedo de la población.

De algún modo, esto refleja cómo la iglesia se resiste a no perder su labor de catequización, de educar a los niños y niñas que serán futuros hombres y mujeres, y no perder el poder sobre sus pensamientos.
Lo mejor de la película, para mí, cómo va creciendo la ilusión de los niños con la alegría que les transmite el profesor en ese mundo cerrado y del color de la tierra en el que viven. . Y, también, el momento en que Carlos es capaz de escribir correctamente una frase en la pizarra ante la atenta mirada del inspector.
Lo peor, la presencia y dolor de los niños ante la humillación de su maestro torturado, humillado y prácticamente inconsciente delante de todo el pueblo. La inoculación del miedo en los niños y el rompimiento de toda esperanza de futuro y el terror que se va implantando poco a poco en el pequeño pueblo hasta la desgracia final. Y también la indiferencia y pasividad con la que dos jóvenes como Benaiges, dan el tiro de gracia a un igual mientras se encienden un cigarro, sin ningún tipo de escrúpulo ni conciencia, sin darle la menor importancia ¡Terrible! No hay palabras.

Y la memoria de Benaiges queda también recuperada al final del filme, cuando Ariadna lee a su abuelo Carlos, que acaba de sufrir un segundo ictus y vive en un mundo aislado, su aportación al cuaderno El mar, la visión de unos niños que no lo habían visto nunca. Y Carlos entiende, derrama unas lágrimas, se emociona y, de alguna forma, tanto él como su familia recuperan una infancia que había querido olvidar.




