EL AZAR DE LA MUJER RUBIA

Portada del libro
Portada de El azar de la mujer rubia. Manuel Vicent. Alfaguara

Tomábamos café, o té, en La Galería, cuando Juanjo dijo: Ahora estoy leyendo el nuevo libro de Manuel Vicent, El azar de la mujer rubia. ¿Recomendable?, dije yo. Muy recomendable, me dijo.  Jose se había levantado y, como se aproximaba el día de San José, le dije a Juanjo: No se lo comentes a Jose, intentaré buscarlo para regalárselo. Y así fue.

Ya pasado marzo, el libro había sido regalado y leído, pero antes, mientras Jose lo estaba leyendo, un día me dijo: Este libro te va a gustar. ¿Tú crees?, respondí. Seguro, contestó.

Terminé la lectura que entonces yo tenía entre manos, y otra más, y la siguiente y me decidí definitivamente por el libro. Aunque me atraía se me fueron interponiendo otros que tenía pendientes, que acababa de adquirir, que había ido a su presentación, que conocía al autor, que me habían recomendado. Y le llegó el turno, como por azar, a la mujer rubia. Ya el autor era una garantía. Y en cuatro días, acabado.

Ahora, quizá alguna de las personas que lea estos párrafos, si alguien los lee claro, se pueda preguntar: ¿Recomendable?. Muy recomendable, respondo.

El 17 de julio de 2008, en la residencia de Adolfo Suárez en la Colonia La Florida, a las afueras de Madrid, el primer presidente español de la democracia y Juan Carlos I caminaban por el jardín. Este momento fue recogido por una sola fotografía tomada por Adolfo Suárez hijo, y la imagen atravesó todas las cámaras de televisión, se imprimió en todos los periódicos y entró en todas las casas. En ese preciso instante del corto paseo, el rey apoyaba el brazo en el hombro de Suárez con aire de protección. Un poco antes, en una ceremonia privada, le había entregado el preciado collar de la Orden del Toisón de Oro, tal vez en agradecimiento a su dedicación y trabajo patriótico o a su apoyo a la Corona. Pero el homenajeado apenas se enteró de lo que pasaba. Suárez vivía ya desde hacía tiempo entre nieblas y una nube a veces más espesa y negra, otras menos, enturbiaba su mente, su memoria, sus recuerdos. En la novela, estas nubes se vuelven espectros de hombres y mujeres que hicieron historia.

Este es el momento que aprovecha Manuel Vicent para tomar la mano de ese hombre desorientado y realizar un retrato, tan duro como elegante, de algunos momentos de la política española desde el momento de la llamada Transición hasta ahora. Un retrato que pudiéramos calificar de hiperrealista, en el que se nos muestra otra de sus caras, una que guardaba muchos secretos.  Y la conclusión a la que llegamos, al menos a la que yo llego después de contemplarlo, es que este país ha tenido pocos momentos buenos, aunque los de ahora sean especialmente malos. Y que sus políticos pocas veces han estado limpios de cualquier duda y cualquier sospecha.

Manuel Vicent demuestra ser un experto conocedor de la clase política y de la vida  de las últimas décadas, de los años de democracia española. Con expresión soberbia nos presenta momentos decisivos en la historia reciente de los españoles, desde el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente hasta los enredos de Aznar. Todos ellos van apareciendo en la mente de ese hombre que, como perdido,  pasea junto al rey hacia un bosque espeso, y al que se le van apareciendo escenas más o menos inconexas, algunas posiblemente biográficas, otras lejos ya de su entendimiento: la muerte de Franco, el juramento del príncipe, el golpe militar del 23 F, la legalización del partido comunista, la guerra de Irak, una boda poco discreta en el Escorial, la sombra del Valle de los Caídos, y tantos otros. Y la bisagra entre el pasado y el presente de este hombre y entre él y el mundo es una mujer, una mujer rubia que apareció ¿por azar? y que propició algunas decisiones importantes. Esa mujer rubia es, en este libro, el tercer lado, el vértice de un triángulo formado por ella y los dos personajes de la foto.

Para entender la parte histórica del libro hay que poseer ciertas claves. Yo, por ejemplo, no las tengo, creo tener solo algunas de ellas. Para entender y, sobre todo, para disfrutar la parte de ficción, la puramente literaria y el juego brillante del autor, basta con leerlo con atención. Nada más. Y nada menos.

El estilo, como siempre en Vicent, impecable, particularísimo. Exquisito, sutil, y agudo. Con oficio y desenvoltura se mezclan metáforas, ironía, pero también, no puede ser de otra forma, tristeza y cierto desencanto. Y algunos capítulos, sencillamente magistrales.

¿Recomendable pues?. Muy recomendable.

Foto paseo
La foto del paseo
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