
Pereruela (Zamora) . Calzada.
Eran los primeros días del mes de junio y atravesábamos la Península de norte a sur. La intención era hacer escala en Ávila, y hacia allí nos encaminaba la autovía. Por la Vía de la Plata, lo más directo era desviarnos en Benavente y continuar hasta la capital amurallada pasando por Tordesillas. Podríamos hacer parada en esa hermosa ciudad a orillas del Duero, villa que tanto guarda, como otras veces. Otra idea, en cambio, la de ir hasta Pereruela (en la comarca de Sayago, Zamora), a causa de una irremediable e incontenible atracción por la alfarería, nos desvió de la ruta prevista.
Hasta situarnos de nuevo en la autovía de La Plata y encaminarnos hasta Ávila, ahora desde Salamanca para tomar ya desvío por Peñaranda de Bracamonte, hubimos de entrar en carreteras autonómicas y comarcales. Parecía que íbamos a retrasarnos demasiado y, además, hacía calor y el cielo, que a tramos se cerraba oscuro y denso, amenazaba con romperse en cualquier punto en una fuerte tormenta como las que veíamos en el horizonte.
La monotonía del camino se rompía de vez en cuando con pequeñísimas poblaciones, desiertas, pobres como la tierra, del color mismo de su suelo. Sólo los grandes campanarios de las iglesias, robustos y altos como fortalezas, llamaban la atención. Y de pronto, en la margen del camino, una mancha de color, vivísimo, en medio del páramo y, medio alzados, unos restos recortados por la luz entre el cielo nuboso, avivados por ella. Una maravilla. Fue ya en Peñaranda cuando la tormenta, por fin, descargó.
Ya vamos recorriendo el camino de vuelta. Regresamos a casa. Y dejamos atrás una cierta nostalgia. Nos hemos desviado de la ruta prevista. Descubrimos paisajes que no conocíamos: pueblos pardos de adobe con iglesias inmensas de torres robustas, como prismas enormes, y anchos campanarios. Y vemos muchas flores. Es esta primavera, que ya anda crecida. Millares de amapolas enrojecen el suelo de la suave campiña, feroz hasta hace nada. Y alegran el camino, los ojos impresionan. Y de pronto, en un lado una inmensa ruina, obra monumental si cadáver no fuera. Paredes, arcos, muros, de rojizas arcillas que, corroídas, ascienden entre un verde tapete. Y amapolas, a miles, como un zócalo vivo de grana extraordinario, dan vida esta reliquia. Una triste belleza al lado del camino, que aguanta desgastada bajo un cielo agotado. Hermosa doblemente. Entregada… y tan digna. (Junio, 2013)





