Ya estamos en Adviento. El cristianismo comienza el año litúrgico con este tiempo y, durante el mes de diciembre y sus cuatro domingos -hoy, día 10 es el segundo-, los fieles celebran esta etapa de espera -lo que en realidad es el Adviento- para la Navidad, es decir, para el nacimiento del Niño Dios, Jesucristo, el Hijo de Dios y Salvador.
Y ya desde que comienza el mes se van decorando los hogares, reuniéndose los amigos y familias, haciendo compras -compulsivas las más de las veces- y felicitándonos mientras llega la tan esperada festividad. El 25 de diciembre, día de Navidad, es el culmen de esta expectación.
Casi todas las creencias religiosas celebran esta fecha de una u otra forma, que coincide con el solsticio de invierno, el momento del año en que los días empiezan a alargarse de nuevo y se produce el cambio del otoño al invierno. Ya las culturas antiguas y sus religiones conmemoraban este crecimiento de la luz. Pero es el cristianismo en todas sus variantes – católicos, ortodoxos, protestantes, evangélicos, etc.- la que conmemora el nacimiento de Jesús, la Luz del mundo.

«La adoración de los pastores», Bartolomé Esteban Murillo, h. 1650. Museo del Prado
El nacimiento de Jesús se produjo en la pequeña ciudad de Belén, según relatan las fuentes cristianas de los Evangelios.
En el de San Mateo, los padres del futuro Rey de los cielos se encontraban en Belén en el momento del nacimiento, que lo hizo en un pesebre como dice la tradición. Hasta allí llegaron unos sabios guiados por una estrella que, después de ofrecer sus obsequios -oro, incienso y mirra- al recién nacido, comunicaron a Herodes el Grande, rey de Judea, el nacimiento del rey de los judíos. Siguiendo con la misma fuente, el monarca, una vez avisado y temiendo perder su poder, ordenó matar a todos los niños nacidos en Belén con menos de dos años, suceso conocido como la “matanza de los inocentes”, lo que ocasionó que María y José se vieran obligados a huir para salvar a Jesús. Marcharon a Egipto y posteriormente regresaron a Nazaret (Galilea).
Por su parte, Lucas, en su Evangelio sitúa a José y María en Galilea. Debido a un censo ordenado por César Augusto, emperador de Roma que por entonces dominaba políticamente esas tierras tuvieron que salir a pesar del embarazo de María. Se trataba de un censo que obligaba a todos los judíos a empadronarse en el lugar que les correspondía y José debía hacerlo en Belén como descendiente de David. En esta ciudad sólo encontraron un pesebre en el que alojarse y en él María dio a luz a Jesús.
Juan y Marcos no recogen el momento del nacimiento.
El nacimiento de Jesús se asocia a Belén y es la que cuenta San Mateo, sobre todo, o una mezcla de las dos, junto con la de Lucas, la historia que ha perdurado. Además de inagotables creencias y celebraciones, es la que ha aportado un incalculable y magnifico patrimonio artístico, en todas sus facetas, así como literario, musical, etnográfico, etc. Una herencia cultural derivada de los siglos de cristianismo que nos preceden, al menos en nuestro entorno cultural.

«La huida a Egipto» Azulejo tipo Delft. Museo Municipal de El Puerto de Santa María (Cádiz) Foto: A. Aguayo C. (gentileza)
Pues bien, cuando se acercan estas fechas, todos estamos sensibilizados en alguna medida con esta celebración y lo que ella pretende significar de unidad, paz, amor, luz, amistad, solidaridad, acompañamiento, etc. Nos felicitamos, decoramos ciudades, calles y hogares, se crean campañas solidarias de todo tipo e intentamos consciente o inconscientemente fabricar un mundo y un espacio de tiempo ficticio e ideal. Un mundo decorado e ilusorio que limpie nuestras conciencias, o simplemente que nos salve de la oscuridad de la rutina. Esto, claro está, en puntos y en vidas privilegiadas como las nuestras. Pero el mundo sigue con sus guerras, sus abusos, el terrorismo implacable sobre los recursos y bienes necesarios en la Naturaleza, la amenaza a las familias, la violencia en las casas, la falta de futuro, el saqueo de tierras y gentes más pobres, las enfermedades sin atención, el abandono de la educación, la emigración a costa de la vida, la falta de expectativas y de futuro, etc. etc.
Este comentario, sin embargo, no quiere hoy detenerse en nada de esto que todos conocemos y vivimos, algunos muy directamente.
Sólo quiero recordar dónde se encuentra Judea, y Jerusalén, y Nazaret y Belén, sobre todo la idílica Belén. Y no puedo dejar de pensar en que geográficamente está situada en un lugar donde hace muchos años que no conocen la paz, esa que tanto nos regalamos en Navidad, y donde, como en los tiempos que narran Mateo o Lucas, aún no hay modo de convivir y la fuerza de unos se ejerce sobre las de otros y la miseria y el horror no terminan.
Belén se encuentra actualmente en Cisjornania, Palestina, muy cerca de la franja de Gaza que, sin entrar en farragosos detalles que no tendrían lugar en este comentario, es zona ocupada por el vecino Israel. Desde principios del pasado octubre una matanza sin límites se viene produciendo contra toda su población: ciudades, hospitales y casas destruidas; mujeres ancianos y niños -población civil-, sin ningún tipo de protección y lo que es peor, sin la esperanza de salir de esta destrucción. Instituciones internacionales de todo tipo, fundamentalmente humanitario, vienen denunciando la situación límite en que estas personas se encuentran, pero el imperio y el comercio de las armas parece que tienen más peso.
Allí no habrá Navidad ni lo que queremos que signifique. Estas personas, muchas, de ellas niños y todas inocentes, probablemente no puedan contar ni con un establo con dos bestias para que los calienten y desde luego, tienen totalmente cerrada su huida a ninguna parte.
No son personas de otro continente, ni de culturas extrañas, ni siquiera invisibles, como muchas otras que pueblan el mundo. Son los habitantes del lugar donde vino al mundo Jesús, el Rey de los judíos, el Salvador y cuyo nacimiento celebra la Navidad.
La Navidad está a la vuelta de la esquina, alumbrados de calles, música, grandes superficies, fiestas y reuniones ya la vienen celebrando. Y mientras, celebramos el Adviento, el tiempo de espera, el comienzo del año cristiano. Para los cristianos y católicos muy convencidos, un tiempo de luminosidad y de mucha esperanza, además.
No quiero ser aguafiestas, pero me gustaría hacer una pregunta: ¿Qué es en realidad lo que esperamos? ¿Cuándo acabará la oscuridad?
De todas formas, para quienes la Navidad es posible, ¡enhorabuena! Y una Feliz Navidad.





Muy acertado tu artículo, Mercedes. Da pena y rabia al mismo tiempo pensar en la Navidad que tendrán las miles de familias palestinss de Gaza o Cisjordania amenazados día y noche por la barbarie sionista. En estos días nuestros de fiestas, regalos y derroche me pregunto si podremos vivir felizmente rodeados de tanta inhumanidad.
Es triste, Juanjo, pero es así. Mirando un poco a nuestro alrededor es difícil estar de acuerdo con tanta deshumanización y falsa alegría. Este es un caso más entre tantos, como bien sabes, pero es imposible no pensar en la tragedia de esos habitantes de «Tierra Santa». Gracias por tu comentario y un abrazo.
Buena «crónica» de la Navidad. Esa que se espera nos llene de paz y que desde hace casi 100 años (ateniéndonos sólo a la época contemporánea) sólo respira tensiones y violencia, en contra de lo que cada profeta/mesías…predicaba…pura CONTRADICCIÓN!
No pretendía hacer una crónica. Simplemente una pequeña reflexión sobre la contradicción humana, como dices, en la que caemos casi todos. Y el poder de ese arrastre. En fin, en la fuerza de los poderes que parece que es la que mueve el mundo. Y también el dolor olvidado de tantos. Gracias. Un beso.