Hace ya algunos años mi buena amiga G. nos regaló un hermosísimo arbolito de gardenia. Un árbol precioso que inmediatamente transplantamos a un tiesto mayor para que tuviera espacio, y que hemos estado cuidando durante mucho tiempo. Enseguida le buscamos su rincón, luminoso pero sin sol directo, le rociábamos las hojas verdes y lustrosas y alimentábamos la tierra ácida con hierro, como nos habían indicado. Y los cuidados fueron recompensados durante años. Estábamos verdaderamente orgullosos de nuestra gardenia. Verde en invierno, avanzada la primavera se iba cuajando de flores, y en verano, ya colmada, su bello y sugestivo olor inundaba el patio y el ambiente de alrededor. Los blancos y satinados pétalos iban amarilleando poco a poco hasta volverse casi de cera, secarse y morir no sin antes dar paso a una nueva flor. Verdaderamente podíamos presumir como lo hacíamos de su hermosura y excelencia.
Hace tres primaveras la planta comenzó a debilitarse y dejó de florecer, las hojas se fueron perdiendo para no recuperarse nunca más y ningún cuidado parecía servir. Resistiéndonos a deshacernos de ella la dejamos ese invierno y al año siguiente unos pequeños brotes parecían resucitarla y hasta nos obsequió con alguna flor. El año pasado, en cambio, no cambió; aunque conservó las hojas nuevas nada parecía reanimarla y al comenzar esta primavera ya habíamos decidido renunciar a ella, pues la creíamos derrotada.
Pero ahora, de nuevo, hace tan solo unos días, ya algo olvidada, un tenue perfume nos llamó la atención de nuestra gardenia y allí están, dos hermosas flores, perfectas, radiantes, olorosas y espléndidas. Como una demanda de ayuda, una señal de lealtad o de aprecio, como un gesto de agradecimiento. O quizá, quien sabe, como una bellísima despedida. Sin duda es solo un síntoma de resistencia. Sea como sea nos ha dado una alegría. Y, de momento, la seguiremos cuidando. Por si acaso.
Acaba de entrar en mi casa el olor de la gardenia. Que quizá agradecida, otra vez este año, nos regala flores. Como antes. Envejecida y seca, ya casi marchita, ansía seguir estando. Y florece, y nos habla. Y nos regala flores que alegran a la noche. Otra vez, como antes. Tímidamente llega, a su casa y la nuestra, como pidiendo amparo, emanando hermosura. Y cohibida se muestra. Tremendamente hermosa. Como siempre. Y nos susurra delicadas y olorosas flores blancas: fragantes y bellas, inmensamente olorosas, sutilmente perfumadas sublimes. Acaba de entrar en mi casa, prematuramente, como un preciado tesoro como una cita a la vida, como un milagro, el olor de la gardenia. (Mayo, 2012, 2014)





