Hace hoy exactamente un año, Jose y yo rendíamos nuestro particular homenaje a la primavera, e íbamos a recibirla a Sancti Petri, otro enclave mágico, en el sur. En este momento del año el sol se despide aquí con escolta, a la misma espalda del castillo y flanqueado por dos inmensos guardianes, las torres de la fortaleza. A la entrada del otoño volverá a situarse en el mismo punto pero su luz, ya, será otra.
Ese día, el último fulgor de la tarde fue atrayendo unas nubes que, de color oscuro, se iban dispersando hacia el horizonte, como desflecándose, mientras la humedad de la noche las fue espesando de nuevo hasta envolverlas en algodón. Ya caída la tarde totalmente dimos un paseo por la playa a la vez que se iba instalando la compañía de las gaviotas que, a esa hora, se adueñaban de la orilla antes de su descanso diario. Finalmente, la oscuridad y el frío nos fueron despidiendo. Habíamos ido a ver marchar al sol y ya de vuelta, era la luna la que iba apoderándose poco a poco de la noche mientras nos hacía señas a nosotros, a los faros, que ya llevaban tiempo abiertos, y a las estrellas que empezaban a salir. También las luces daban la bienvenida a la primavera.
EQUINOCCIO EN SANCTI PETRI
El cielo parece dibujado a grafito, con jirones lanosos, como flecos. Simula que se abre en mechones cardados de vellón oscuro: pelusas de la tarde. Y este sol colosal astro inmenso, y rotundo, todavía fuerte, no pierde su orgullo. Espesa la luz, la redondea, y tiñe de carmín la capa del aire, en movimiento tenue, más denso a cada paso. Los faros se hacen señales amistosas que sosiegan al hombre, y lo tranquilizan. Asombradas hoy, y extrañamente silenciosas, las gaviotas se apoderan de la orilla. Y un abrigo de lana cubre el agua y la arena. El mar se calma. Y la luna se asoma. Son prendas de gala para esta primavera. (Equinoccio de primavera en Sancti Petri, 22 de Marzo de 2013)






