ALEZEIA

El escritor y periodista Manuel Vázquez Montalbán (1936-2000), novelista, poeta, ensayista, articulista prolífico, dotado de una inteligencia y sagacidad tan impresionantes como envidiables, fue un observador de la realidad tan meticuloso como perspicaz, artero y agudo, tan preciso y reflexivo como intuitivo e imaginativo, tanto que, hasta hoy, podemos decir que llegó a ser incluso clarividente. Su don de juicio y conocimiento de las realidades que lo rodeaban, hoy día, parece que estaban ya presintiendo, mejor dicho, pronosticando, la situación que ya se venía desencadenando en los últimos años de su vida y que actualmente ha llegado a altas cotas de riesgo para todos nosotros y nuestra subsistencia, no ya acomodada, simplemente adecuada.

Pues bien, a Vázquez Montalbán, del que he leído algunos de sus clarificadores artículos, lo he descubierto relativamente recientemente, de la mano de Jose, mi pareja y compañero, que es un verdadero admirador del escritor.

El escritor barcelonés, además del creador de la novela negra española -a decir de sus críticos y especialistas, entre ellos Georges Tryas-, fue el creador, el progenitor literario, del protagonista de la mayoría de ellas: Pepe Carvalho, un detective que ha hecho casi de todo y que es capaz de ver el mundo desde la distancia que da estar de vuelta de muchas de cosas y desde la cercanía de la evocación de lo perdido y querido, desde la sutileza y finura de una ironía, casi necesaria, para poder sobrevivir en el contexto de su vida y de la vida de aquellos para quienes trabaja o a quienes observa y de cuyas vidas, aún sin querer, acaba formando parte. Pepe Carvalho y su ayudante Biscuter -las parejas son redundantes en esta faceta de la literatura, pues no hay investigador que se precie que no tenga un ayudante que le sirve de acoplamiento perfecto- han sido creados por Montalbán, me atrevería decir que, un poco a su imagen, un poco a su semejanza, pero no del todo. Montalbán era escritor, no Dios, ni creo que quisiera serlo.

Carvalho es, como su creador, un observador de cuanto ocurre a su alrededor y un poco más allá, un hilador de sucesos, de historias y un crítico reflexivo. Además de, como deja entrever en buena parte de su obra, un amante de la buena cocina, hasta el extremo de compartir su satisfacción por la gastronomía igual que su literatura, sus análisis y sus pensamientos con los lectores y ofrecer exquisitas recetas. En este sentido creo que ya el octogenario Umberto Eco, otro pensador admirable, aprovecha su última publicación El cementerio de Praga -un libro que quizá comente en alguna otra ocasión- también para recordarnos el placer de la gastronomía y la buena mesa de mano de sus personajes.

Pues bien, acabo de leer dos últimas recopilaciones de Manuel Vázquez Montalbán: Cuentos blancos y Cuentos negros, ambas repletas de la agotadora y, a veces, difícilmente soportable realidad pero también de la brillante ironía de su autor, y ambos recomendables.

Hermosísimos los últimos cuentos del volumen de Cuentos negros, en los que también queda perfecta y armónicamente reflejado el amor del escritor por ciertas ciudades que, supongo que aunque serían muchas, en este caso son dos: Lisboa y su natal Barcelona, siempre presente, por cierto, en su obra. El segundo de ellos “Barcelona: la ciudad de Pepe Carvalho”, que es también la ciudad de Montalbán, es un paseo imprescindible para cualquiera que pretenda caminar por el alma de las ciudades cuando ya las ciudades se están quedando sin alma. En el primero “Pepe Carvalho en la ciudad de los espías y los héroes”, los pasos se dedican a Lisboa, ciudad con alma donde las haya, ciudad tatuada, herida, de alma rota, pero aún superviviente, triste, resistente; una cuidad que probablemente no sabría vivir sin la tristeza, y que pone música a la nostalgia, al fatalismo y a las pérdidas para que la tristeza la acune y la adormezca y así poder seguir sobreviviendo. Ambos cuentos bellos, aconsejables, como el caminar por las ciudades que los inspiran.

Pues bien, el primer párrafo del cuento lisboeta termina con una frase memorable, o con dos, la propia cita y el comentario montalbanianao, y esta es “…como cumpliendo el mandato de un tal Nietzsche, inteligencia perversa y clarividente Hay pueblos que nacen para hacer la Historia y otros para padecerla. Alemán tenía que ser”.

Escultura de la diosa Hera
Representación de la diosa griega Hera

Y en otros de sus cuentos, Carvalho menciona la palabra Alezeia. Según él, este término lo aprendió cuando estudiaba filosofía y le enseñaron que significaba que todo consiste en ir quitando velos a la diosa y que detrás del último velo está la verdad. La alezeia es, pues,  la verdad revelada.

Si se me permite la digresión intentaré remontarme al origen de este término, a la antigua Grecia, donde la explicación sobre las cosas, la búsqueda de las verdades, comenzó siendo mítica. La necesidad del hombre de saber, de entender la razón de todo, fue el inicio de la filosofía. En definitiva, la búsqueda de la verdad. Tras la ceguera del misticismo, la filosofía fue evolucionando hacia la razón, eliminando velos a los dioses, o a la diosa, si queremos, en este caso. En mis clases de filosofía -supongo que también en las del imaginario Carvalho- era materia de estudio el paso del “mito” al “logos”, de las explicaciones mitológicas a aquellas otras que se apoyaban en la razón. Al producirse este avance, el hombre dejaba de estar en manos de los dioses, seres superiores, para hacerse dueños de su propio destino y ahí comenzó su gran responsabilidad. Creo que fue Parménides el primero de los filósofos presocráticos que introdujo el paso de la oscuridad a la luz, quitándose velos, acercándose con ello al proceso de conocimiento por parte del hombre: alcanzar verdades, descubrir, iluminar nuestros pensamientos, en definitiva, desvelar. De nuevo la Alezeia griega.

alezaia con caracteres griegos
Alezeia

En la etapa ya plenamente socrática, fue el mismo Sócrates quien aplicó otro método relacionado con el anterior, la mayeútica, ayudar a encontrar esa verdad, la luz que, en realidad ya está presente en nosotros mismos. Y es en este contexto donde nace la virtud, pues para alcanzar la luz hay que ser virtuosos o lo que es lo mismo, ser sabios, pues la virtud sólo puede aprenderse mediante el entendimiento y la razón. Sólo quienes no poseen este don, los ignorantes, obran mal.

Muchos siglos han pasado y mucha historia transcurrida desde, estos, podríamos casi clasificar, inocentes y limpios razonamientos, que han oscurecido la reflexión del filósofo.

Volviendo al libro en cuestión y a los capítulos a los que me refería, me han llamado especialmente la atención, entre tantas páginas, estos dos párrafos: por una parte la cita nietzscheana. Hoy todos los países que vivimos bajo el manto conocido como unión europea estamos bajo los deseos del capital alemán que, a su vez, está bajo los deseos de otros capitales supranacionales y supra continentales pero, como bien decía el filósofo, unos pueblos viven mejor que otros. No tengo nada contra el pueblo alemán ni contra ningún otro: son quienes gobiernan a esos pueblos y quienes gobiernan a los que gobiernan los que, al final, acaban haciendo la Historia, y todos los demás, quienes las padecemos, también es cierto que unos más que otros. Y, por otra, la referencia a la alezeia griega. Pero ¿quién le quita el velo a la diosa? Castizamente, en cualquier pueblo español se diría ¿quién le pone el cascabel al gato? No se trata ahora de atreverse a poner cascabeles para saber de dónde viene el peligro, pues casi todos intuimos de dónde viene, se trata más bien de quitar velos, muchos velos, en primer lugar a los hombres, a todos quienes formamos esos pueblos para que, aunque vagamente, se nos revele la verdad y después de atreverse a desnudar definitivamente a la diosa, disfrutar de su belleza que, en este caso, sería la más hermosa de todas, la verdad misma. Pero a lo mejor, en este mundo en el que vivimos, llegados a esa intención, tendríamos que cambiar el concepto de alezeia por el de utopía, no menos bello pero más lejano, tan lejano, que en su propia definición lleva implícito el concepto de irrealizable y no es eso lo que queremos ¿verdad?

Escultura de Isabel II velada
Isabel II, velada , Camilo Torreggiani (Museo del Prado)

Quizá la inteligencia, el trabajo y el tesón de Vázquez Montalbán fueron capaces de quitarle alguno de los velos a la diosa y ofrecerle algunas clarividencias, pero la verdadera alezeia de la que tal vez pudieron gozar los filósofos griegos presocráticos nos está negada a los pobladores del siglo XXI, porque la verdad está enterrada bajo un pesado manto de capital e intereses que impiden a la diosa incluso levantarse para dejarse desvestir.

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