LA PARADOJA DEL BICENTENARIO

Llevamos ¿cuántos años?, ¿diez, alguno más, alguno menos? preparando la gran celebración del Bicentenario, del germen de la libertad contemporánea, forjado en Cádiz, en nuestra tierra, hace exactamente doscientos años: Las Cortes de Cádiz, la Constitución de 1812, pionera en nuestra historia, la que llevó a denominar a nuestra capital cuna de las libertades.

En estos últimos años se han creado comisiones, se han programado proyectos, actividades, se han nombrado asesores, comisarios, directores, realizado viajes, convenciones, recepciones. Se han proyectado obras faraónicas, se han encargado y realizado y comenzado y finalizado, iniciado y no terminado de todo: edificios, obras de ingeniería, proyectos más o menos culturales,… y hemos inventado verdaderas fantochadas y ridiculeces amparados en tan sublime celebración.

Hemos pagado, sí hemos pagado entre todos, sueldos desmesurados, obras que acabarán cayéndose porque nunca podrán ser inauguradas, otras que no acabarán, que acabarán quién sabe cuándo o que habrá que retomar algún día, cuando se pueda, si aún se puede para entonces.

Ciudades hermanas se han enemistado por obtener un protagonismo que le corresponde a todo un pueblo y aún ahora, ya entrados en el mismo año de la celebración, seguimos imaginando, recreando, inventando y continuando un dispendio impracticable en estos tiempos.

El verdadero sentido de este bicentenario debiera ser la celebración, cada día, a cada hora de este año y de todos los sucesivos, de nuestras libertades, y todos esos proyectos habrían de ir encaminados a segur disfrutando de ellas y a lograr acrecentarlas.

Un pueblo, como el nuestro que después de tan magno acontecimiento ha ido perdiendo libertades por décadas, por años, por días, que, aunque después vivió hasta cinco más, hubo de esperar 166 años, sí 166, para poder disfrutar de una Constitución estable y duradera como la actual, heredera de aquella, por cierto -porque la primera que ahora celebramos, por desgracia, aún pionera, duró poco y con intermitencias-; un pueblo, como el nuestro, que aún así precisa de una renovación de los derechos existentes, ¿hemos permitido este juego de montajes del que sólo unos pocos se han beneficiado?

Después de lo que se ha venido llamando un estado del bienestar español del que hasta ahora ninguno de nuestros conciudadanos a lo largo de la historia había podido disfrutar, han ido viniendo años malos, tan malos que han desembocado, precisamente en este 2012, fecha de la celebración del famoso Bicentenario de la primera Constitución, en un remate -no sabemos cuántos habrá- de la  llamada “crisis” que ha desatado el miedo generalizado, el desasosiego, la intranquilidad, el nerviosismo, en muchos de nosotros que vemos perder nuestro futuro. Y lo que es peor, el horror, el pánico y el desconcierto en otros muchos de nosotros que han perdido o ven perder su presente, que han perdido trabajo, ilusión y sienten temor por perder incluso familia.

Hemos creado una sociedad en la que la juventud no ve futuro, qué contradicción, una juventud sin futuro -cuando precisamente la una va unida a lo otro, no puede existir la una sin lo otro-, porque la juventud es el futuro, la madurez el presente, quizá, la vejez el pasado, porque ella guarda la memoria. Pues bien, ninguna de estas edades ve asegurado cada uno de sus días.

Pero los actos del Bicentenario son noticia, siguen siendo noticia, y ¿qué mejor celebración de las libertades que conseguir libertades, que disfrutar libertades?

Aquí está la paradoja, en el año de la conmemoración de las libertades, este pueblo, valiente, sufrido, y a veces dormido, estamos perdiendo, y dispuestos a perder, sin remedio, y eso es lo peor, todos los derechos que, con mucho trabajo, con inmensa lucha, hemos conseguido en las últimas décadas. Lo que no tuvieron nuestros padres lo hemos podido disfrutar nosotros pero quizá no puedan nuestros hijos. Y nosotros ¿por cuánto tiempo? Poco ha durado el estado del bienestar del que tanto se habla. Algunos, sin embargo, no lo perderán nunca.

Cuadro de Las Cortes de 1812

Promulgación de la Constitución de 1812. Salvador Viniegra (1912)

Doy por supuesto el interés y hasta la necesidad de la celebración de tan gran acontecimiento en la historia de nuestro país, un símbolo para el mundo hispano, de gran repercusión y difusión en otros países pero, hoy por hoy, ¿estamos en disposición de seguir realizando actividades sin contenido, costosos espectáculos empleando presupuestos en actos, vacíos la mayor de las veces, para celebrar la libertad? ¿Qué libertad, la de 1812? ¿No sería más honesto, más lógico, más racional, más sensato, y más justo celebrar el bicentenario de las libertades con libertades y no con fastos -como en otras épocas de la historia donde se ofrecían fiestas a cambio de pan-?

No sé si estas palabras pueden parecer las de un lunático, una persona extravagante o cuando menos rara. Pero no deja de ser una curiosa paradoja que en el año que venimos considerando como de la libertad, por cuya celebración, durante años, tanto derroche inútil se ha venido y se viene haciendo, sea precisamente el mismo en que se nos corten de cuajo muchas de las libertades que a nosotros y a los que nos precedieron tanto les costó lograr.

No deja de ser una paradoja que en la macro celebración  -ya venida a menos, por cierto y por supuesto- de la autonomía del pueblo, se afiance indecentemente el gobierno de los bancos, de los capitales, de consultoras supranacionales, de los poderes económicos a gran escala, quienes gobiernan a los gobernantes que los ciudadanos han elegido para gobernar.

Absurdo contrasentido, triste disparate, extraña paradoja, con la que perdemos tanto y tantos. Y nadie sabe por cuánto ni hasta cuando.

Un buen conocedor de este momento de la historia de Cádiz, el profesor Ramos Santana (Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Cádiz -UCA-) opinaba en una entrevista a Diario de Cádiz publicada el pasado 31 de octubre de 2009, en plena efervescencia de anuncio de fastos e inventos absurdos, que esta celebración debía servir “para difundir los valores cívicos, sociales y políticos de la democracia”. Solo ha pasado algo más de dos años y ya parece tan lejos… Entre otras muchas cosas opinaba lúcidamente: “Defraudaríamos la herencia de los ilustrados de dos siglos atrás, los que propiciaron el cambio de súbditos a ciudadanos, si todo el año 2012 se convirtiese en una fiesta … La clave del Bicentenario es la libertad, y su propósito, difundir y fomentar los valores cívicos, sociales y políticos que residen en la democracia … es el momento de despertar”.

La celebración del Bicentenario, tal y como se presenta, y ojalá me equivoque, no nos va despertar. A ver si por lo menos nos deja la esperanza de salir cuanto antes de la pesadilla en la que nos han metido.

Esta entrada fue publicada en Y de paso.... Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *